Cuentos de Ningo

Cuentos cortos

Miercoles 22 Feb 2012
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Escritor frustrado

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sin ideas mente en blanco- Son fantásticas, Raúl. Tus historias que disfruto cada jueves cuando nos juntamos a cenar. Son deliciosos viajes a la fantasía.-
- Agradezco el halago Miguel. Me divierto narrando, inventando personajes, situaciones, desenlaces. Siempre lo hice, desde muy pibe.-
- ¿Alguien te enseñó?
- Mira es secuela de una costumbre de mi abuela. Cada noche un cuento distinto. Mis preferidos eran los de piratas. Asaltantes de barcos con poderosos cañones, la vida se jugaba en la habilidad de la espada, cáscaras de nuez en un mar bravío, pañuelos en la cabeza, parche en el ojo, la bella dama del capitán. Grandes aventuras.-
- Mirá Raúl, vos sabes que soy dueño de un diario y una revista de chismes, del espectáculo, la farándula. ¿Porque no dibujas un par de historias y veo donde las público?
- Sería bárbaro Miguel, ese fue mi eterno berretín, ver mis historias luciendo en una revista, un libro, un diario y mi nombre en letras de molde. Mi mente es una caja de ilusiones, el martes te las llevo a tu oficina, a primera hora.
- Es un trato Raúl. Empezá conmigo y la fama está al alcance de la mano.-
- Hecho Miguel. Te llenaré de historias.-
Manuel se retiro y Juan se quedo con una sonrisa de satisfacción. Su sueño de toda la vida se estaba convirtiendo en realidad.
Se sentó en la amplia mesa del comedor, un viejo cuaderno con espiral, todas sus hojas vírgenes, esa lapicera nunca estrenada y manos a la obra.
A imaginar situaciones atrevidas, intensas, sorprendentes.
Estuvo sentado media hora. Nada. Ni una idea. Como dice Serrat, pensó Raúl, las musas debían estar de vacaciones. Se sentía muy cansado, esa era la causa debía dormir y al día siguiente se reencontraría con sus fantasías.
Al levantarse la ansiedad por narrar su primera historia pudo más que el habitual desayuno. Nuevamente el cuaderno, la lapicera, nada, un gris vacío, no surgía lo ingenioso en su mente.. ¿Donde estaban sus historias llenas de ilusión, de fantasía? Hojas y hojas estrujadas a su alrededor.
Lo mismo sucedió en las siguientes jornadas. Su inspiración estaba ausente, dormida, sin respuesta.
Llegó el lunes, al día siguiente debía entregar los cuentos a Miguel. Decidió salir a caminar. Quizás algo se le ocurriría.
Alcanzó la calle, trató de relajarse, procuró recordar viejos cuentos que habían hecho estallar en aplausos a su auditorio.
Su memoria se negaba insistente.
Al llegar a la primera esquina un automóvil a gran velocidad cruza el semáforo en rojo mientras el distraído y confiado transeúnte impactado por el bólido vuela por los aires cayendo pesadamente en el duro cemento, desarticulándose el cuerpo como un títere al que le cortaron los hilos, pleno de sangre, inerte.
Raúl siguió hurgando en su mente, buscando la punta de una historia. En vano. Una multitud de sombras invadían su pensamiento.
Dos cuadras más en su trayecto y pasando bajo el toldo de la confitería Las Violetas algo pega con dureza en la lona, se desliza por ella y culmina el trayecto a los pies de Miguel. El cuerpo hecho trizas de una bella mujer que se había arrojado al vacío. Los brazos de la dama aparecían extendidos, flácidos, sin vida, a la vez que turbulentos ríos rojos emanaban de sus ojos, de su nariz, de la cabeza destrozada.
Raúl esquivó el cuerpo de la infortunada señora y siguió su marcha, semejaba un zombi, estaba en trance. ¡Vamos a trabajar! reclamaba a sus ociosas neuronas. Pedía el puntapié inicial, la primera idea. La negativa persistió.-
Al llegar al Obelisco un inmenso grupo de personas desnudas yacían sobre el suelo tomadas de la mano formando un aro alrededor del punto de referencia por excelencia de Buenos aires. Gordos, flacos, gordas, flacas, todo tipo y variedad de apariencias anatómicas.
Raúl los eludió saltando sobre ellos mientras seguía batallando con su tozudo cerebro.
Al cruzar la Avenida Nueve de Julio dos motochorros casi se estrellan sobre su humanidad. Detrás de ellos la policía y el dueño del rodado persiguiéndoles. Los cacos no pueden eludir un camión recolector de basura estacionado en el lugar menos pensado, impactan contra el vehículo municipal y son despedidos al fondo del volquete.
¡Ya lo tengo! grita Miguel, ¡Ya lo tengo! El encuentro con su amado después de tantos años, los labios que buscan el beso, la caricia y ...y nada, absolutamente nada más. Otra vez la oscuridad, la historia murió antes de empezar.
Encaró Avenida Corrientes con cara de pocos amigos.
No obstante el brillante sol de la calurosa tarde comenzó a llover. Delante suyo un majestuoso y multicolor arco iris.
Miguel harto de tanto esfuerzo inútil ingresa al primer bar que encuentra. Un whisky serviría. Agilizaría su atascado cerebro.
En instantes ingresan al lugar dos individuos encapuchados portando importantes armas de guerra. Les quitan el dinero a cada parroquiano, la billetera de Miguel desaparece entre las rápidas manos del delincuente. Uno de los malandras abusa de la hermosa dueña mientras el otro hace de campana. Siempre apuntando con sus temibles armas huyen a gran velocidad.
Miguel se levanta, le anuncia l la vejada dueña del café que no tenía dinero para pagar la cuenta, que al otro día pasaría a saldarla. Gritos, llantos e insultos fue la respuesta de la dama.
Mala suerte pensó Miguel. No hay historias, ni cuentos, ni una puta idea.
Sin darse cuenta había estado andando en redondo. Retornaba al punto de partida. Se topò con su casa. Ingresa con manifiesta pesadumbre, busca la habitación, su cama, su refugio de mil depresiones.
Se arrojó en el lecho con la mirada puesta en los nudos de la madera del techo los cuales dieron pie al argumento a infinitos de ingeniosos cuentos. Hoy sólo eran unos turros nudos de madera. Ellos tampoco lo ayudarían.
No intentó más, media vuelta y a dormir mientras pensaba que en su vida nunca pasaba nada importante, ninguna emoción, nada extravagante. Monótona y aburrida. Las cosas relevantes sucedían lejos de él y su mentada caja de ilusiones era pura vanidad.-
 

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ningoconversaciones con ningo

En una mesa de bar, Ningo y yo charlamos mientras un grabador hace su tarea. Lo que sigue es un extracto de nuestra conversación, en la que él responde mis preguntas en forma pausada y espontánea, casi olvidando el marco de nuestro encuentro.
No todo el material está incluido en las páginas que siguen. En parte porque el eje de esta publicación es la poesía, también porque es ella quien mejor puede hablar de un hombre al que cada tanto se le corta la voz, imprevistamente, en medio de una respuesta. Es en el cuerpo de cada verso y de cada poema donde debe quedar expuesto este ámbito más privado, por momentos gozoso, cada tanto atravesado por el dolor.
Christine Clark.

¿Recordás tus primeros versos?

Yo nunca había escrito poesía. Escribí mis primeros versos para Mary, a la que creía muerta. Nos conocíamos desde mocosos, ella fue mi amor de adolescencia. La encontré después de muchos años, ella era militante y pensé que la habían matado durante la dictadura. La busqué por años y nada, nunca la pude encontrar. Hasta que un día instalan en el juzgado un sistema para la búsqueda de personas. Puse el nombre de ella y aparecieron su dirección y teléfono. De esto hace ocho años, yo ya estaba separado. Llamé, le dejé un mensaje a su hija explicándole quién era yo. Al rato llego a casa y el teléfono estaba sonando: era ella. Se tomó un avión y vino. Todo el mundo conocía la historia, todos sabían que yo la buscaba, y mis compañeros de trabajo ayudaron a prepararle un buen recibimiento: me preparaban comida, me regalaban vinos. Fue una luna de miel, me acuerdo que era agosto y todo estaba nevado. Cuando se volvió a Buenos Aires le escribí un primer poema que por ahí debe andar, llamado «Lobo estepario». Y viajé para entregárselo en mano.

El disparador de tus primeros versos fue ese amor ideal. Este tema parece haber pervivido en tu escritura.

Más que un amor ideal, yo hablaría de un amor nostálgico. La nostalgia de un amor perfecto.

¿Por qué esa escena inaugural, la de un hombre regalando un verso a su amada? ¿Se trataba de un simple gesto galante o la poesía ya ocupaba un lugar en tu vida?

Yo era un lector ocasional de poesía. Sí leía frecuentemente a Alfonsina Storni. Me gustaba el estilo de su rima: esbelta, galante y perfecta.

¿A Mary le gustaron tus versos?

Los hombres somos bastante imbéciles y no tenemos en cuenta la enorme memoria de las mujeres. En especial cuando se han sentido amadas y todo resultó mal después. En el fondo ella estaba enojada por el mandato materno que me decidió a dejarla para casarme con otra mujer. Yo había sido un tipo muy aferrado al deber ser. Respecto del poema, y de algunos que vivieron después, ella tuvo una actitud muy crítica. Realmente no eran buenos, pero ella agregaba algo de desprecio. Me acuerdo de alguna falta de ortografía y de sus palabras: ¿cómo un egresado de la escuela normal puede escribir semejante barbaridad?

¿Y cómo recibiste semejante reacción?

Yo no esperaba su aplauso. Escribí como para marcar un punto de referencia, como para establecer: te encontré. Pero con los años ella fue cambiando esta mirada, supongo que la medida en que yo iba escribiendo mejor.

¿Cuántos poemas llevás escritos desde aquel primero?

Registrados, más de cuatro mil.

Te picó el bicho, más allá de las críticas de Mary.

La poesía es una manera espectacular de expresión. Yo pienso que la poesía está muy relacionada con la personalidad de uno. Si bien yo había sido un tipo sociable, de a poco me fui convirtiendo en un solitario. Mis momentos de soledad son inalienables, imprescindibles, absolutos, exclusivos y excluyentes. Por ejemplo, tomar mate solo, en las mañanas. La pregunta era: ¿qué hago con esta soledad? Entonces empecé a escribir. Para hacerlo tenés que estar solo. Pero poco a poco, esa escritura me sacó de la soledad: los mensajes de la gente a la que le gustaban mis poemas, por ejemplo. Encontré nuevos amigos. Y también, paulatinamente, era como si yo ya no pudiera expresarme en prosa, como si sólo pudiera hablar en versos. Tanto es así que hay un sitio exclusivamente jurídico, neujus.com, donde se publicaban fallos y yo a cada uno le hacía un verso. Y se publicaban juntos. Desde el adulterio hasta el homicidio calificado por el vínculo eran temas de mi poesía. Y me consta que estos últimos cumplían una función docente. Alguna vez dando unas charlas en la Universidad de Buenos Aires encontré que los alumnos los leían.

También te he visto mostrar tu material a la gente común, al paso. Por ejemplo a los mozos de los bares.

Yo pienso que si tengo algo guardado y nunca lo saco, nunca lo uso, no sirve de nada. Más allá de la belleza estética que puedan tener las palabras, creo que la poesía es un instrumento para decir la vida aún en sus aristas más agudas. Vos fijate que Alejandro Cano, un escritor de los más grandes de Colombia al que yo no conocía, un militante social reconocido, me pidió los versos que escribí sobre valores y con ellos armó dos programas de radio que tuvieron mucho éxito. Yo usé esos versos para describir las deficiencias y las mil intrigas del Poder Judicial y del poder en términos generales.

¿Durante cuántos años ejerciste el Derecho?

Cuarenta años. Durante diez fui abogado y los treinta restantes, juez. La Cámara de Apelaciones de Zapala fue mi último destino laboral. Creo que los más importantes fueron los cuatro años que estuve en Cutral Co como juez de primera instancia en los fueros civil y penal. También mi desempeño como defensor de cámara, porque creo que soy esencialmente un defensor penal. Ese fue mi mejor rol.

Hasta ahora has firmado toda tu obra bajo el nombre de Ningo.

En el Paraguay, el nombre Ningo es muy popular y significa «ninguno». Me pregunto hasta qué punto eso tiene que ver conmigo. Esto de ser nadie. En el ámbito familiar, es un viejo apodo que me parece viene de mi madre, aunque no lo tengo del todo claro. Pero lo usé para firmar porque yo soy Ningo. La gente que ha querido y me quiere me llama así.

Parece como el signo de una vida doble. Nunca habrías podido firmar un fallo sino con tu nombre legal; el otro, más privado, pudiste ponerlo al servicio de algo más privado y sentido. ¿Cuáles son los temas que te interesa tratar?

Mis poemas están apegados a la realidad. Me gustan los que tratan sobre la vida, los valores y la necesidad de un equilibrio dentro del orden social. Todo muy atravesado por la utopía también. En verdad es muy difícil que un tipo de mis características se inserte en el mundo. Yo nunca me excusé en ningún expediente porque nunca miré las carátulas. Trabajé sin prestar atención a los nombres, sin dejar que me condicionaran, y a nadie privé de justicia. Ser juez es una tarea dificilísima. No se pueden tener amigos ni compromisos, en especial si pertenecés a una comunidad chica.

¿Entonces tu práctica profesional condicionó tu vida, provocando soledad y retracción social?

Sí. Me jubilé como el juez más antiguo de Neuquén y me fui con un código debajo del brazo diciendo chau. Ni tuve fiesta de despedida. A mi despacho nunca entraron los poderosos, por ejemplo, nunca puse en juego la equidad de mis fallos. Las convicciones no son asunto de palabras sino acciones de todos los días. Mi familia pagó un alto costo por esto y eso es algo que lamento. Muchas de las cosas que he visto y sufrido están en los versos, que para mí son un exorcismo de la maldad que te agobia; también sirven para rescatar lo bueno, lo que te permite seguir viviendo.

¿Cómo se escribe poesía?

Uno no hace una carrera formal para ser poeta: se empieza a escribir poesía y eso que estaba dentro tuyo salta de repente, pum. En el interín habías estado con la mente ocupada en otras cosas: hacer justicia, llevar adelante una familia. Cuando súbitamente estas cosas pasan a un plano secundario, lo otro aparece. Al principio no sabés muy bien qué haces y avanzás como en las ciencias exactas, por ensayo y error.

¿Cómo es eso?

Al escribir dejás que la pluma corra liviana, sin prestar
atención al concepto de lo que escribís. Pero al releer aprendés a corregir, este todo un aprendizaje. La cuestión abarca más que arreglar una coma. Todas las mañanas escribo cuatro poemas. En mi casa, solo y tomando mate. O después, en una mesa de bar, tomando una buena copa.
¿Siempre cuatro? ¿Nunca cinco o tres?

Cuatro todos los días, de lunes a lunes, desde hace nueve años. Este es el desafío cotidiano.

¿Y qué hacés con todo ese material?

Yo escribo a mano, en libretas. Después los paso a la computadora y los subo a mi sitio: www.ningo.com.ar

Pero tu ingreso en la poesía es posterior a otras prácticas de escritura, ¿no es cierto?

Escribo desde siempre. Desde las composiciones escolares, precozmente relacionadas con lo social, hasta mi trayectoria como ensayista. La primera cosa importante de mi autoría fue un artículo sobre la inimputabilidad del ebrio, algo que después se convirtió en teoría jurídica de la mano de Zaffaroni. Tenía menos de treinta años cuando lo hice.

¿Cómo surge lo del sitio? ¿Cuándo nace?

No tenía dónde poner los poemas. Empecé publicándolos en Internet a través de un sitio llamado norpatagonia.com, donde yo tenía un subdominio. Después me independicé con un sitio propio, todo gracias a la ayuda de Mónica que lo hizo posible desde el principio. Ese fue un modo de dar a conocer lo que yo escribía. Me entretenía, era interesante hacerlo. Y sin esperar que sucediera, empezó a posicionarse muy bien en los buscadores. Tenemos un promedio de 4.000 visitas diarias. Esa ha sido nuestra media durante los últimos cinco años. Y lo sorprendente es la cantidad de comentarios que nos deja gente de todo el mundo, siempre sorprendida y agradecida por habernos encontrado.

¿Cómo imaginás a un lector ideal de tus poemas?

Creo que comparte algunos de mis valores morales, filosóficos. Me consta que muchos de mis poemas han molestado al poder político y al judicial. Yo soy un tipo comprometido con la vida, piadoso, y los comentarios de mis lectores se identifican con esto. Me lee gente adolescente y muy mayor, mujeres y varones por igual. Y ojo que el amor tiene que ver con esos valores porque es la antítesis de la violencia. El que le mete un tiro a otro no tiene presente lo amoroso. Y después han surgido cosas curiosas, como cuando escribía versos por encargo. Alguien, por ejemplo, quería regalarle versos de amor a una dama, a un hijo, a una madre. Entonces me pasaban un formulario con todos los datos y así los hacía: siempre es importante saber quién te lo pide y por qué. Esos versos me fueron agradecidos, aunque obviamente llevaban la firma de las personas que los encargaban.

¡Eras Cyrano de Bergerac!

Algo así. Y todavía lo soy, porque dentro de mi sitio hay una sección de poemas por encargo. Claro que esos poemas no se suben al sitio porque se los quedan quienes me los piden.

¿Qué te mueve a publicar este libro?

Internet es muy importante y te brinda multitud de lectores pero la edición en papel te asegura una permanencia. Por eso quise publicar este libro, que tiene un poco de todo e incluye uno de mis poemas más sentidos, «Acaricias». Quiero que algo quede, pretendo hacer una apuesta en medio de tanta cosa gris, de tanta corrupción, de tanta ignorancia. Escribir poesía es una revolución encubierta, para hacerlo hay que jugarse.

La idea de incluir estas conversaciones tiene que ver con una inquietud tuya. Esto de haber firmado por años tus poemas como Ningo, un nombre sólo reconocible en el ámbito más doméstico o cercano de tu vida pero anónimo para el resto. Entonces, cerrando nuestra charla te pregunto: ¿quién es Ningo, que también es Héctor Manchini?

El tipo que piensa que es posible cambiar, aunque todo demuestre lo contrario. Es el tipo diferente, raro, que sufre y a veces no puede dormir. La comunidad te exige que pagues un precio muy alto para pertenecer a ella y yo no estoy dispuesto a renunciar a mis convicciones. Este fue el país de Belgrano, de Moreno, y mirá cómo estamos.

En suma, sos un lobo estepario que edita un libro para acercarse a los demás. ¿Te resulta una contradicción?

No. La contradicción es la esencia de la libertad. Sos libre cuando sos esencialmente contradictorio y sos sumiso cuando sos esencialmente homogéneo. El cambio, el azar, la facultad de hoy decir «sí» y mañana «no» es parte de esa libertad. Este libro pretender ser eso: una pequeña muestra de mi libertad.

(San Martín de los Andes, agosto del año 2009)

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