Muchas veces los sueños perturban nuestra vida real. Se convierten en pegajosas e insoportables pesadillas, que hacen que nuestro transcurrir cotidiano sea un infierno de confusiones y dudas que nos enferman.Raúl Cortés, chofer de colectivo urbano, era una vÃctima de sus sueños que lo estaban llevando al borde de la locura.
El drama de Raúl era que luego de un dÃa de duro trabajo conduciendo su vehÃculo de transporte de pasajeros, por las noches, al buscar en su lecho el merecido descanso, cuando sus ojos se cerraban vencidos por el cansancio, aparecÃa en el misterio de sus sueños el colectivo que guiaba durante el dÃa y él al frente del móvil, trasladando pasajeros durante toda la noche, trabajando tal como lo hacÃa en la vida real.
Asà cuando el despertador llamaba a levantarse para marchar al trabajo Raúl se sentÃa más cansado que cuando se habÃa acostado.
Ese martirio de sueños se repetÃa cada noche sin solución de continuidad.
Agotado y sin fuerzas, pensaba renunciar a sus labores para acabar con el tormento. Un amigo le indicó que el problema tenÃa solución, que un psicólogo podÃa ayudarlo a resolver la cuestión, recomendándole al licenciado Miguel Rayé sosteniendo que ese profesional podÃa concluir con todas sus penurias.
Raúl consideró acertada la sugerencia de su amigo, pidió un turno con el psicólogo y el dÃa y a la hora indicada aguardaba nervioso y esperanzado la entrevista con el licenciado.
Cuando mencionan su nombre ingresa presuroso al consultorio de Rayé, a quien elude casi gambeteándolo y se recuesta en el sillón destinado a los pacientes sin esperar orden alguna.
- Realmente debe tratarse de una verdadera urgencia, comentó Rayé, mientras tomaba su libreta de apuntes, la lapicera y se sentaba al lado del sillón donde juntando las puntas de los dedos de las manos aguardaba un tenso Raúl.
- Si doctor, estoy desesperado exclamó sollozando Raúl.
- Mire señor antes que nada no me diga doctor, soy licenciado en psicologÃa. Que me tilden de doctor me pone muy pero muy mal. Para empezar una sesión en paz dirÃjase a mà como ¡licenciado! ¿Entendido?
- SÃ, sà licenciado, yo deseo que esta sea una sesión que me dé la paz que tanto necesito.
- ¡Despacito! ¡Despacito! casi gritó Rayé, que ese dÃa se encontraba exasperado, histérico, mal llevado, agregando: esto es un arte, mi labor requiere tiempo, los apuros llevan al fracaso. ¿Entendió?
- Si licenciado entendà pero hace casi media hora que estoy recostado en este sillón y todavÃa no pude contarle mi problema, se quejó Raúl.
- Mire señor, no me gusta repetir las cosas. ¡No me apure! ¡dÃgame ya que le sucede!
Raúl narró minuciosamente sus sueños repetitivos, su fatiga crónica, que hacÃa meses que no sabÃa que era dormir sin que apareciera el colectivo y él a su mando, que ya esa escena se hacÃa presente cuando se afeitaba, almorzaba, cenaba, tomaba un café con sus amigos, ese maldito vehÃculo estaba presente en cada minuto de su vida.
- ¿Ahora está aqu�, preguntó burlón Rayé.
- SÃ, en este momento está aquÃ.
- ¿Y usted está conduciendo? Inquirió Rayé.
-SÃ, sà el colectivo está aquà y yo lo estoy conduciendo.
- Bueno entonces deme un boleto hasta Las Heras y Pueyrredon, agregó Rayé en un mar de risas que no podÃa detener.
- Licenciado esto no es para hacer bromas, es un martirio que usted tiene que ponerle fin, dijo enojado Raúl
- Si perdón, es que me imaginé un colectivo estacionado en mi consultorio y el absurdo me llevó a la chanza y a la risa. Discúlpeme, no ha sido un gesto profesional, pero sirvió para relajarme y hacerle la pregunta de rigor. DÃgame Raúl, ¿a usted que le parece?
- ¿Que me parece que? interrogó Raúl
- ¿Cual es a su juicio el motivo de estos sueños repetidos que tanto lo afectan?.
- No sé, pensé varias cosas, pero creo que ese pérfido colectivo tiene vida propia, me odia y con sus apariciones nocturnas intenta matarme, que el corazón diga basta por agotamiento.
- No es mala idea mi amigo, apunto Rayé, muchas veces las cosas materiales hartas de los humanos se vuelven contra ellos para destruirlos.
- ¿Usted cree? pregunto Raúl.
- No sólo lo creo sino que los libros registran innumerables casos como estos, y siempre se han resuelto con soluciones drásticas.
- ¿Que se podrÃa hacer en mi caso?
- Mire yo le propongo que una noche, cuando esté soñando conduciendo el colectivo, acelere súbitamente y lo estrella contra el paredón más sólido que encuentre y asà ¡¡¡muerto el perro se acabó la rabia!!!
- Bueno licenciado, si usted lo dice, ¡Asà se hará! exclamó aliviado Raúl. HabÃa encontrado una salida a su loca pesadilla.
Apurado como entró, se retiró del consultorio de Rayé, se subió al colectivo y partió rumbo a la empresa a comenzar su turno. La secretaria de Rayé a pesar de correrlo para exigirle el pago de la consulta no alcanzó a Raúl, circunstancia que provocó el disgusto del profesional que contrariado expresó:
- Uno los salva de la locura y se olvidan de pagar tus honorarios. ¡¡¡Total ya resolvimos el problema!!! ¡¡¡Que nos importa las deudas que debe pagar el profesional!!! los costos del consultorio, el alquiler, nada, sólo ellos ¡¡¡EgoÃstas!!! Gritó Rayé desde el centro de la sala de espera del consultorio, mientras que algunos pacientes asustados, escapaban raudamente.
Ese dÃa Raúl llegó a la empresa, hizo su recorrido de costumbre durante doce horas de duro trajÃn.
Al terminar el turno se llevó el colectivo a su casa, estaba muy cansado para dejarlo en el galpón de la firma. Agotado, sus ojos se cerraron un momento, suficiente para que surgieran las imágenes del sueño en el preciso instante que frente a él aparecÃa el rudo muro del puente que eludÃa en cada recorrido. Esta es la mÃa pensó en su sueño y sin dudar, estrelló el colectivo contra la indomable pared de cemento.
A la mañana siguiente Rayé abre el diario mientras tomaba el café cotidiano y la tostada con manteca quedó trabada en su garganta.
No lo podÃa creer, el periódico anunciaba que Raúl Cortés habÃa embestido con su colectivo el puente, debiendo intervenir los bomberos para extraer al chofer que habÃa quedado atrapado entre los fierros retorcidos del micro. Cerró inmediatamente el diario no quiso saber detalles y comenzó a gritar:
- ¡¡¡Es mi culpa!!! ¡¡¡Es mi culpa!!! Por sacármelo de encima, le dije cualquier tonterÃa y lo llevé a la muerte.
- En medio de la histeria exclamaba ¡¡¡Soy un asesino!!! ¡¡¡Soy un asesino!!!
El evento provocó en Rayé una profunda depresión. No podÃa apartar de su cabeza la imagen de Raúl, soñaba el choque, el cuerpo destrozado, rÃos de sangre que corrÃan por las escaleras del edificio donde tenÃa su consultorio. En suma de la noche a la mañana se habÃa convertido en una piltrafa sin consuelo.
Una tarde mientras caminaba a paso lerdo y sollozando por una calle cualquiera, le pareció que el hombre que se acercaba se asemejaba a Raúl, apresuró su andar, ¡SÃ!, ¡Si! Era Raúl.
- ¡Raúl, mi querido Raúl!. Que alegrÃa verlo yo creÃa que habÃa muerto en el accidente.
- No, licenciado, tuve suerte, sólo fierros rotos.
- No sabe cuanto me alegro Raúl
- Ah licenciado, cuando me fui del consultorio me olvidé pagarle la consulta, aquà tiene, doscientos pesos ¿no?
- No, no es nada, suficiente pago verlo bien, agregó exultante Rayé.
- No licenciado, yo saldo mis deudas, dijo Raúl mientras le extendÃa el dinero prolijamente doblado, al tiempo que se despedÃa con un ¡Nos vemos doctor, digo, licenciado!
- Chau Raúl exclamó feliz Rayé quien silbando siguió su camino
En plena sonrisa un ruido estridente lo turba, lo despierta temprano como cada mañana. Abrumado comprende que todo no fue más que un sueño. Estira la mano para apagar el despertador y a su lado, dos flamantes billetes de cien pesos cuidadosamente doblados descansaban sobre la almohada.




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