Cuentos de Ningo

Cuentos cortos

Domingo 20 Mayo 2012
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Home Cuentos de Ningo Paredón y después

Paredón y después

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colectivo argentino filigrana antiguoMuchas veces los sueños perturban nuestra vida real. Se convierten en pegajosas e insoportables pesadillas, que hacen que nuestro transcurrir cotidiano sea un infierno de confusiones y dudas que nos enferman.
Raúl Cortés, chofer de colectivo urbano, era una víctima de sus sueños que lo estaban llevando al borde de la locura.
El drama de Raúl era que luego de un día de duro trabajo conduciendo su vehículo de transporte de pasajeros, por las noches, al buscar en su lecho el merecido descanso, cuando sus ojos se cerraban vencidos por el cansancio, aparecía en el misterio de sus sueños el colectivo que guiaba durante el día y él al frente del móvil, trasladando pasajeros durante toda la noche, trabajando tal como lo hacía en la vida real.
Así cuando el despertador llamaba a levantarse para marchar al trabajo Raúl se sentía más cansado que cuando se había acostado.
Ese martirio de sueños se repetía cada noche sin solución de continuidad.
Agotado y sin fuerzas, pensaba renunciar a sus labores para acabar con el tormento. Un amigo le indicó que el problema tenía solución, que un psicólogo podía ayudarlo a resolver la cuestión, recomendándole al licenciado Miguel Rayé sosteniendo que ese profesional podía concluir con todas sus penurias.
Raúl consideró acertada la sugerencia de su amigo, pidió un turno con el psicólogo y el día y a la hora  indicada aguardaba nervioso y esperanzado la entrevista con el licenciado.
Cuando mencionan su nombre ingresa presuroso al consultorio de Rayé, a quien elude casi gambeteándolo y se recuesta en el sillón destinado a los pacientes sin esperar orden alguna.
- Realmente debe tratarse de una verdadera urgencia, comentó Rayé, mientras tomaba su libreta de apuntes, la lapicera y se  sentaba al lado del sillón donde juntando las puntas de los dedos de las manos aguardaba un tenso Raúl.
- Si doctor, estoy desesperado exclamó sollozando Raúl.
- Mire señor antes que nada no me diga doctor, soy licenciado en psicología. Que me tilden de doctor me pone muy pero muy mal. Para empezar una sesión en paz diríjase a mí como ¡licenciado! ¿Entendido?
- Sí, sí licenciado, yo deseo que esta sea una sesión que me dé la paz que tanto necesito.
- ¡Despacito! ¡Despacito! casi gritó Rayé, que ese día se encontraba exasperado, histérico, mal llevado, agregando: esto es un arte, mi labor requiere tiempo, los apuros llevan al fracaso. ¿Entendió?
- Si licenciado entendí pero hace casi media hora que estoy recostado en este sillón y todavía no pude contarle mi problema, se quejó Raúl.
- Mire señor, no me gusta repetir las cosas. ¡No me apure! ¡dígame ya que le sucede!
Raúl narró minuciosamente sus sueños repetitivos, su fatiga crónica, que hacía meses que no sabía que era dormir sin que apareciera el colectivo y él a su mando, que ya esa escena se hacía presente cuando se afeitaba, almorzaba, cenaba, tomaba un café con sus amigos, ese maldito vehículo estaba presente en cada minuto de su vida.
-  ¿Ahora está aquí?, preguntó burlón Rayé.
- Sí, en este momento está aquí.
- ¿Y usted está conduciendo? Inquirió Rayé.
-Sí, sí el colectivo está aquí y yo lo estoy conduciendo.
- Bueno entonces deme un boleto hasta Las Heras y Pueyrredon, agregó Rayé en un mar de risas que no podía detener.
- Licenciado esto no es para hacer bromas, es un martirio que usted tiene que ponerle fin, dijo enojado Raúl
- Si perdón, es que me imaginé un colectivo estacionado en mi consultorio y el absurdo me llevó a la chanza y a la risa. Discúlpeme, no ha sido un gesto profesional, pero sirvió para relajarme y hacerle la pregunta de rigor. Dígame Raúl, ¿a usted que le parece?
- ¿Que me parece que? interrogó Raúl
- ¿Cual es a su juicio el motivo de estos sueños repetidos que tanto lo afectan?.
- No sé, pensé varias cosas, pero creo que ese pérfido colectivo tiene vida propia, me odia y con sus apariciones nocturnas  intenta matarme, que el corazón diga basta por agotamiento.
- No es mala idea mi amigo, apunto Rayé, muchas veces las cosas materiales hartas de los humanos se vuelven contra ellos para destruirlos.
- ¿Usted cree? pregunto Raúl.
- No sólo lo creo sino que los libros registran innumerables casos como estos, y siempre se  han resuelto con soluciones drásticas.
- ¿Que se podría hacer en mi caso?
- Mire yo le propongo que una noche, cuando esté soñando conduciendo el colectivo, acelere súbitamente y lo estrella contra el paredón más sólido que encuentre y así ¡¡¡muerto el perro se acabó la rabia!!!
- Bueno licenciado, si usted lo dice, ¡Así se hará! exclamó aliviado Raúl. Había encontrado una salida a su loca pesadilla.
Apurado como entró, se retiró del consultorio de Rayé, se subió al colectivo y partió rumbo a la empresa a comenzar su turno. La secretaria de Rayé a pesar de correrlo para exigirle el pago de la consulta no alcanzó a Raúl, circunstancia que provocó el disgusto del profesional que contrariado expresó:
- Uno los salva de la locura y se olvidan de pagar tus honorarios. ¡¡¡Total ya resolvimos el problema!!! ¡¡¡Que nos importa las deudas que debe pagar el profesional!!! los costos del consultorio, el alquiler, nada, sólo ellos ¡¡¡Egoístas!!! Gritó Rayé desde el centro de la sala de espera del consultorio, mientras que algunos pacientes asustados, escapaban raudamente.
Ese día Raúl llegó a la empresa, hizo su recorrido de costumbre durante doce horas de duro trajín.
Al terminar el turno se llevó el colectivo a su casa, estaba muy cansado para dejarlo en el galpón de la firma. Agotado, sus ojos se cerraron un momento, suficiente para que surgieran las imágenes del sueño en el preciso instante que frente a él  aparecía el rudo muro del puente que eludía en cada recorrido. Esta es la mía pensó en su sueño y sin dudar, estrelló el colectivo contra la indomable pared de cemento.
A la mañana siguiente Rayé abre el diario mientras tomaba el café cotidiano y la tostada con manteca quedó trabada en su garganta.
No lo podía creer, el periódico anunciaba que Raúl Cortés había embestido con su colectivo el puente, debiendo intervenir los bomberos para extraer al  chofer que había quedado atrapado entre los fierros retorcidos del micro. Cerró inmediatamente el diario no quiso saber detalles y comenzó a gritar:
- ¡¡¡Es mi culpa!!! ¡¡¡Es mi culpa!!! Por sacármelo de encima, le dije cualquier tontería y lo llevé a la muerte.
- En medio de la histeria exclamaba ¡¡¡Soy un asesino!!! ¡¡¡Soy un asesino!!!
El evento provocó en Rayé una profunda depresión. No podía apartar de su cabeza la  imagen de Raúl, soñaba el choque, el cuerpo destrozado, ríos de sangre que corrían por las escaleras del edificio donde tenía su consultorio. En suma de la noche a la mañana se había convertido en una piltrafa sin consuelo.
Una tarde mientras caminaba a paso lerdo y sollozando por una calle cualquiera, le pareció que el hombre que se acercaba se asemejaba a Raúl, apresuró su andar, ¡Sí!, ¡Si! Era Raúl.
- ¡Raúl, mi querido Raúl!. Que alegría verlo yo creía que había muerto en el accidente.
- No, licenciado, tuve suerte, sólo fierros rotos.
- No sabe cuanto me alegro Raúl
- Ah licenciado, cuando me fui del consultorio me olvidé pagarle la  consulta, aquí tiene, doscientos pesos  ¿no?
- No, no es nada, suficiente pago verlo bien, agregó exultante Rayé.
- No licenciado, yo saldo mis deudas, dijo Raúl mientras le extendía el dinero prolijamente doblado, al tiempo que se despedía con un ¡Nos vemos doctor, digo, licenciado!
- Chau Raúl exclamó feliz Rayé quien silbando siguió su camino
En plena sonrisa un ruido estridente lo turba, lo despierta temprano como cada mañana. Abrumado comprende que todo no fue más que un sueño. Estira la mano para apagar el despertador y a su lado, dos flamantes billetes de cien pesos cuidadosamente doblados descansaban sobre la almohada.colectivo argentino antiguo filigrana
Actualizado ( Jueves, 09 de Febrero de 2012 21:42 )  

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ningoconversaciones con ningo

En una mesa de bar, Ningo y yo charlamos mientras un grabador hace su tarea. Lo que sigue es un extracto de nuestra conversación, en la que él responde mis preguntas en forma pausada y espontánea, casi olvidando el marco de nuestro encuentro.
No todo el material está incluido en las páginas que siguen. En parte porque el eje de esta publicación es la poesía, también porque es ella quien mejor puede hablar de un hombre al que cada tanto se le corta la voz, imprevistamente, en medio de una respuesta. Es en el cuerpo de cada verso y de cada poema donde debe quedar expuesto este ámbito más privado, por momentos gozoso, cada tanto atravesado por el dolor.
Christine Clark.

¿Recordás tus primeros versos?

Yo nunca había escrito poesía. Escribí mis primeros versos para Mary, a la que creía muerta. Nos conocíamos desde mocosos, ella fue mi amor de adolescencia. La encontré después de muchos años, ella era militante y pensé que la habían matado durante la dictadura. La busqué por años y nada, nunca la pude encontrar. Hasta que un día instalan en el juzgado un sistema para la búsqueda de personas. Puse el nombre de ella y aparecieron su dirección y teléfono. De esto hace ocho años, yo ya estaba separado. Llamé, le dejé un mensaje a su hija explicándole quién era yo. Al rato llego a casa y el teléfono estaba sonando: era ella. Se tomó un avión y vino. Todo el mundo conocía la historia, todos sabían que yo la buscaba, y mis compañeros de trabajo ayudaron a prepararle un buen recibimiento: me preparaban comida, me regalaban vinos. Fue una luna de miel, me acuerdo que era agosto y todo estaba nevado. Cuando se volvió a Buenos Aires le escribí un primer poema que por ahí debe andar, llamado «Lobo estepario». Y viajé para entregárselo en mano.

El disparador de tus primeros versos fue ese amor ideal. Este tema parece haber pervivido en tu escritura.

Más que un amor ideal, yo hablaría de un amor nostálgico. La nostalgia de un amor perfecto.

¿Por qué esa escena inaugural, la de un hombre regalando un verso a su amada? ¿Se trataba de un simple gesto galante o la poesía ya ocupaba un lugar en tu vida?

Yo era un lector ocasional de poesía. Sí leía frecuentemente a Alfonsina Storni. Me gustaba el estilo de su rima: esbelta, galante y perfecta.

¿A Mary le gustaron tus versos?

Los hombres somos bastante imbéciles y no tenemos en cuenta la enorme memoria de las mujeres. En especial cuando se han sentido amadas y todo resultó mal después. En el fondo ella estaba enojada por el mandato materno que me decidió a dejarla para casarme con otra mujer. Yo había sido un tipo muy aferrado al deber ser. Respecto del poema, y de algunos que vivieron después, ella tuvo una actitud muy crítica. Realmente no eran buenos, pero ella agregaba algo de desprecio. Me acuerdo de alguna falta de ortografía y de sus palabras: ¿cómo un egresado de la escuela normal puede escribir semejante barbaridad?

¿Y cómo recibiste semejante reacción?

Yo no esperaba su aplauso. Escribí como para marcar un punto de referencia, como para establecer: te encontré. Pero con los años ella fue cambiando esta mirada, supongo que la medida en que yo iba escribiendo mejor.

¿Cuántos poemas llevás escritos desde aquel primero?

Registrados, más de cuatro mil.

Te picó el bicho, más allá de las críticas de Mary.

La poesía es una manera espectacular de expresión. Yo pienso que la poesía está muy relacionada con la personalidad de uno. Si bien yo había sido un tipo sociable, de a poco me fui convirtiendo en un solitario. Mis momentos de soledad son inalienables, imprescindibles, absolutos, exclusivos y excluyentes. Por ejemplo, tomar mate solo, en las mañanas. La pregunta era: ¿qué hago con esta soledad? Entonces empecé a escribir. Para hacerlo tenés que estar solo. Pero poco a poco, esa escritura me sacó de la soledad: los mensajes de la gente a la que le gustaban mis poemas, por ejemplo. Encontré nuevos amigos. Y también, paulatinamente, era como si yo ya no pudiera expresarme en prosa, como si sólo pudiera hablar en versos. Tanto es así que hay un sitio exclusivamente jurídico, neujus.com, donde se publicaban fallos y yo a cada uno le hacía un verso. Y se publicaban juntos. Desde el adulterio hasta el homicidio calificado por el vínculo eran temas de mi poesía. Y me consta que estos últimos cumplían una función docente. Alguna vez dando unas charlas en la Universidad de Buenos Aires encontré que los alumnos los leían.

También te he visto mostrar tu material a la gente común, al paso. Por ejemplo a los mozos de los bares.

Yo pienso que si tengo algo guardado y nunca lo saco, nunca lo uso, no sirve de nada. Más allá de la belleza estética que puedan tener las palabras, creo que la poesía es un instrumento para decir la vida aún en sus aristas más agudas. Vos fijate que Alejandro Cano, un escritor de los más grandes de Colombia al que yo no conocía, un militante social reconocido, me pidió los versos que escribí sobre valores y con ellos armó dos programas de radio que tuvieron mucho éxito. Yo usé esos versos para describir las deficiencias y las mil intrigas del Poder Judicial y del poder en términos generales.

¿Durante cuántos años ejerciste el Derecho?

Cuarenta años. Durante diez fui abogado y los treinta restantes, juez. La Cámara de Apelaciones de Zapala fue mi último destino laboral. Creo que los más importantes fueron los cuatro años que estuve en Cutral Co como juez de primera instancia en los fueros civil y penal. También mi desempeño como defensor de cámara, porque creo que soy esencialmente un defensor penal. Ese fue mi mejor rol.

Hasta ahora has firmado toda tu obra bajo el nombre de Ningo.

En el Paraguay, el nombre Ningo es muy popular y significa «ninguno». Me pregunto hasta qué punto eso tiene que ver conmigo. Esto de ser nadie. En el ámbito familiar, es un viejo apodo que me parece viene de mi madre, aunque no lo tengo del todo claro. Pero lo usé para firmar porque yo soy Ningo. La gente que ha querido y me quiere me llama así.

Parece como el signo de una vida doble. Nunca habrías podido firmar un fallo sino con tu nombre legal; el otro, más privado, pudiste ponerlo al servicio de algo más privado y sentido. ¿Cuáles son los temas que te interesa tratar?

Mis poemas están apegados a la realidad. Me gustan los que tratan sobre la vida, los valores y la necesidad de un equilibrio dentro del orden social. Todo muy atravesado por la utopía también. En verdad es muy difícil que un tipo de mis características se inserte en el mundo. Yo nunca me excusé en ningún expediente porque nunca miré las carátulas. Trabajé sin prestar atención a los nombres, sin dejar que me condicionaran, y a nadie privé de justicia. Ser juez es una tarea dificilísima. No se pueden tener amigos ni compromisos, en especial si pertenecés a una comunidad chica.

¿Entonces tu práctica profesional condicionó tu vida, provocando soledad y retracción social?

Sí. Me jubilé como el juez más antiguo de Neuquén y me fui con un código debajo del brazo diciendo chau. Ni tuve fiesta de despedida. A mi despacho nunca entraron los poderosos, por ejemplo, nunca puse en juego la equidad de mis fallos. Las convicciones no son asunto de palabras sino acciones de todos los días. Mi familia pagó un alto costo por esto y eso es algo que lamento. Muchas de las cosas que he visto y sufrido están en los versos, que para mí son un exorcismo de la maldad que te agobia; también sirven para rescatar lo bueno, lo que te permite seguir viviendo.

¿Cómo se escribe poesía?

Uno no hace una carrera formal para ser poeta: se empieza a escribir poesía y eso que estaba dentro tuyo salta de repente, pum. En el interín habías estado con la mente ocupada en otras cosas: hacer justicia, llevar adelante una familia. Cuando súbitamente estas cosas pasan a un plano secundario, lo otro aparece. Al principio no sabés muy bien qué haces y avanzás como en las ciencias exactas, por ensayo y error.

¿Cómo es eso?

Al escribir dejás que la pluma corra liviana, sin prestar
atención al concepto de lo que escribís. Pero al releer aprendés a corregir, este todo un aprendizaje. La cuestión abarca más que arreglar una coma. Todas las mañanas escribo cuatro poemas. En mi casa, solo y tomando mate. O después, en una mesa de bar, tomando una buena copa.
¿Siempre cuatro? ¿Nunca cinco o tres?

Cuatro todos los días, de lunes a lunes, desde hace nueve años. Este es el desafío cotidiano.

¿Y qué hacés con todo ese material?

Yo escribo a mano, en libretas. Después los paso a la computadora y los subo a mi sitio: www.ningo.com.ar

Pero tu ingreso en la poesía es posterior a otras prácticas de escritura, ¿no es cierto?

Escribo desde siempre. Desde las composiciones escolares, precozmente relacionadas con lo social, hasta mi trayectoria como ensayista. La primera cosa importante de mi autoría fue un artículo sobre la inimputabilidad del ebrio, algo que después se convirtió en teoría jurídica de la mano de Zaffaroni. Tenía menos de treinta años cuando lo hice.

¿Cómo surge lo del sitio? ¿Cuándo nace?

No tenía dónde poner los poemas. Empecé publicándolos en Internet a través de un sitio llamado norpatagonia.com, donde yo tenía un subdominio. Después me independicé con un sitio propio, todo gracias a la ayuda de Mónica que lo hizo posible desde el principio. Ese fue un modo de dar a conocer lo que yo escribía. Me entretenía, era interesante hacerlo. Y sin esperar que sucediera, empezó a posicionarse muy bien en los buscadores. Tenemos un promedio de 4.000 visitas diarias. Esa ha sido nuestra media durante los últimos cinco años. Y lo sorprendente es la cantidad de comentarios que nos deja gente de todo el mundo, siempre sorprendida y agradecida por habernos encontrado.

¿Cómo imaginás a un lector ideal de tus poemas?

Creo que comparte algunos de mis valores morales, filosóficos. Me consta que muchos de mis poemas han molestado al poder político y al judicial. Yo soy un tipo comprometido con la vida, piadoso, y los comentarios de mis lectores se identifican con esto. Me lee gente adolescente y muy mayor, mujeres y varones por igual. Y ojo que el amor tiene que ver con esos valores porque es la antítesis de la violencia. El que le mete un tiro a otro no tiene presente lo amoroso. Y después han surgido cosas curiosas, como cuando escribía versos por encargo. Alguien, por ejemplo, quería regalarle versos de amor a una dama, a un hijo, a una madre. Entonces me pasaban un formulario con todos los datos y así los hacía: siempre es importante saber quién te lo pide y por qué. Esos versos me fueron agradecidos, aunque obviamente llevaban la firma de las personas que los encargaban.

¡Eras Cyrano de Bergerac!

Algo así. Y todavía lo soy, porque dentro de mi sitio hay una sección de poemas por encargo. Claro que esos poemas no se suben al sitio porque se los quedan quienes me los piden.

¿Qué te mueve a publicar este libro?

Internet es muy importante y te brinda multitud de lectores pero la edición en papel te asegura una permanencia. Por eso quise publicar este libro, que tiene un poco de todo e incluye uno de mis poemas más sentidos, «Acaricias». Quiero que algo quede, pretendo hacer una apuesta en medio de tanta cosa gris, de tanta corrupción, de tanta ignorancia. Escribir poesía es una revolución encubierta, para hacerlo hay que jugarse.

La idea de incluir estas conversaciones tiene que ver con una inquietud tuya. Esto de haber firmado por años tus poemas como Ningo, un nombre sólo reconocible en el ámbito más doméstico o cercano de tu vida pero anónimo para el resto. Entonces, cerrando nuestra charla te pregunto: ¿quién es Ningo, que también es Héctor Manchini?

El tipo que piensa que es posible cambiar, aunque todo demuestre lo contrario. Es el tipo diferente, raro, que sufre y a veces no puede dormir. La comunidad te exige que pagues un precio muy alto para pertenecer a ella y yo no estoy dispuesto a renunciar a mis convicciones. Este fue el país de Belgrano, de Moreno, y mirá cómo estamos.

En suma, sos un lobo estepario que edita un libro para acercarse a los demás. ¿Te resulta una contradicción?

No. La contradicción es la esencia de la libertad. Sos libre cuando sos esencialmente contradictorio y sos sumiso cuando sos esencialmente homogéneo. El cambio, el azar, la facultad de hoy decir «sí» y mañana «no» es parte de esa libertad. Este libro pretender ser eso: una pequeña muestra de mi libertad.

(San Martín de los Andes, agosto del año 2009)

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