Raúl era un tipo feliz. Se sentÃa afortunado y pleno, a los treinta y seis años era un médico pediatra reconocido en la ciudad autónoma de Buenos Aires, habÃa logrado instalar su propio consultorio en una zona apetecida por los profesionales del rubro y su vida familiar le daba el remanso que necesitaba para tanto trajÃn con Elena, su amorosa esposa y sus dos pequeños hijos Mario de tres y Silvina de cinco años.
Su pasar era envidiado por amigos y colegas y mirando hacia adelante sólo veÃa un futuro auspicioso y lleno de satisfacciones.
Una noche, en que Elena y los niños estaban ausentes por haber acudido a visitar a la abuela materna a la ciudad de Pergamino, Raúl aceptó la invitación de sus amigos Gustavo y Miguel para asumir una cena relajada y charlar sobre los buenos tiempos de la adolescencia que disfrutaron juntos. Después de cenar Gustavo invitó a sus compañeros de correrÃas al casino ubicado en el hipódromo de Palermo.
Raúl en principio puso una excusa para no acompañarlos ya que no le gustaba perder el tiempo en cosas triviales como los juegos de azar, mas finalmente sus otros compinches lo convencieron y allà fueron los tres.
Apenas ingresó a la sala sintió un fuerte mareo por las luces impactantes de las miles de maquinas tragamonedas que inundaban el lugar, hizo un amague como para retirarse lo que fue impedido por Miguel. Luego de esperar un tiempo para conseguir algún lugar libre, Gustavo lo sentó medio de prepo en una de las maquinas enseñándoles someramente la manera en que debÃa accionarla.
Pasó una señorita que le vendió a Raúl cien pesos en fichas y comenzó a jugar entre tÃmido y temeroso mientras los números y las frutas iban y venÃan en la fatÃdica pantalla. Al apostar por cuarta vez gana una suma considerable que lo entusiasma, inmediatamente apuesta sin cesar una y otra vez hasta que agota la totalidad de lo comprado y lo ganado.
Piensa que seguramente la suma invertida no era suficiente para obtener un triunfo relevante ante esas robóticas maquinas y esta vez cambia fichas por la suma de mil pesos. Apuesta con intensidad y sin recabar en lo sucedido pierde los mil pesos con una rapidez mayor con la que le habÃa obsequiado al casino los primeros cien pesos y la contingente ganancia.
Clama imperativamente por fichas y esta vez la suma dada en canje accede a diez mil pesos que entre perdidas y ganancias se extinguen en exiguos treinta minutos.
Sin un peso en los bolsillos le pide a Gustavo que lo lleve a su casa y en la pesadilla nocturna, las luces y el ruido de las maquinas tragamonedas convirtieron su sueño en un tormento.
A la mañana siguiente suspende los turnos en el consultorio acude al banco y retira la integridad del dinero ahorrado que alcanzaban los pesos trescientos mil.
Presuroso accede al casino que atiende a sus victimas durante las veinticuatro horas y poco después del mediodÃa, Raúl, habÃa perdido todos sus ahorros.
Vuelve a su casa piensa en su mujer y los hijos comprendiendo que no tenia una respuesta lógica para explicar la extinción del patrimonio familiar, asà decide vender el automóvil que como la casa estaban exclusivamente a su nombre, con la esperanza de recuperarse y de esa manera recomponer el patrimonio perdido e incluso comprarse un auto nuevo que provocarÃa una enorme alegrÃa en Elena y los chicos.
A primera hora de la mañana siguiente de la venta del automotor entra raudamente la sala de juego comenzando a apostar.
La pérfida maquina tragamonedas terminó con sus esperanzas exactamente a las 19.35 hs del mismo dÃa, momento a partir del cual no solo carecÃa de ahorros sino también de un lujoso automóvil último modelo.
Agotado retorna a su casa con el recurrente pensamiento de carecer de excusas respecto de su familia sobre la perdida del patrimonio y del automóvil y asà resuelve que a primera hora venderÃa la casa que constituÃa su hogar y que con lo obtenido recuperarÃa los ahorros, el automóvil y hasta podrÃa adquirir esa mansión de la esquina que tanto anhelaban Elena y los chicos.
A la mañana siguiente concreta la operación de compra y venta de su casa con un adquirente poco escrupuloso y un escribano con menos escrúpulos que el comprador, recibiendo a cambio una suma que en los hechos sólo representaba el 20% del valor real del inmueble pero que la obsesión por el juego que se habÃa apoderado de Raúl la hacÃan parecer suficiente.
Concurre al casino habitual y compulsivamente apuesta sin lÃmites ni restricciones. A las veinticuatro horas, diez minutos del dÃa siguiente Raúl, el sobrio médico pediatra de la prestigiosa Ciudad Autónoma de Buenos Aires se habÃa transformado no sólo en un adicto manifiesto al juego, esto es un ludópata, sino que habÃa perdido la integridad de los bienes materiales que tenia sino además su dignidad.
Entró en el bar más próximo se bebió hasta el agua de los floreros y finalmente ayudado por un parroquiano amable logró llegar a su casa se desmayo en la cama y el timbre insistente lo llevó a despertarse y levantarse comprobando que ya era casi la noche del trágico dÃa siguiente.
Bajo la secuela del alcohol, logra llega a duras penas hasta la puerta de entrada y allà se encuentra con una Elena feliz y dos niños sonrientes que lo abrazan lo besan, mientras le dicen cuanto lo extrañaron.
Raúl se sienta en uno de los sillones del living mientras la familia va dejando aquà y allá valijas y paquetes de regalos.
Elena, ante el silencio y la adusta actitud de Raúl le pregunta que sucedió en su ausencia, Raúl se mantiene en silencio sin responder hasta que finalmente se quiebra y le cuenta todo lo ocurrido remarcándole que en setenta y dos horas tenÃan que dejar la casa, su hogar de acuerdo a lo convenido con el comprador y el escribano.
Elena no puede creer lo que escucha. Lejos de mantenerse en silencio condena con subidos agravios la conducta de Raúl, le indica a los niños que tomen las valijas y los bultos mientras ella hace lo mismo y anunciándole que jamás se volverÃan a ver hasta el dÃa de la audiencia de divorcio, se marcha a la casa de su madre pegando un fuerte portazo al salir.
Raúl aun embotado por las secuelas etÃlicas, llega a entender el comportamiento de Elena, se dice una y mil veces que era una basura sin perdón, que habÃa arrojado por la borda lo forjado durante más de diez años de vida familiar y de mutuo trajÃn con Elena, que no podrÃa vencer el imperioso impulso por retornar a las maquinas tragamonedas, aunque tuviera que empeñarse, pedir o incluso robar para conseguir el dinero necesario que le reclamaban impiadosamente las malditas tragaperras y mientras observaba las fuertes vigas de hierro que sostenÃan el techo de la casa, sin dudarlo saca el juego de sabanas de la lecho conyugal mientras suena el celular y esperanzado atiende esperando la indulgencia de Elena. Ello no ocurre. Su esposa expone sin piedad los insultos más gruesos y la sentencia ¡¡¡Olvidate nunca más me verás como tampoco a los chicos!!!
Tiró el celular sobre la cama mientras intentaba pasar las sabanas trenzadas por las vigas de hierro hasta que lo consiguió. Fue a buscar el banquito que habitualmente integraba uno de los muebles de la cocina, se subió a él mientras el celular volvió a sonar, amagó a atender pero desistió, rodeo la punta de las sabanas trenzadas en su cuello, hizo dos gruesos nudos, se aseguró que el lazo se deslizara, tiro con su mano derecha las sabanas para asegurar la firmeza de la horca improvisada que en su otro extremo estaba sujeta con dos fuertes vueltas a la puerta del baño, pateó el pequeño banco de madera, sus pies encontraron como único apoyo el aire y la muerte sobrevino en un instante, mientras el celular con tardÃas frases de perdón sonaba una mil veces.
[1] Los jugadores compulsivos poseen el Ãndice más altos de suicidio a diferencia de cualquier otra adicción (Gengler, 2007). El juego puede llegar a ser algo tan importante en sus vidas que pierden el interés y dedicación a la alimentación, al sexo y a otras relaciones sociales.



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