Cuentos de Ningo

Cuentos cortos

Domingo 20 Mayo 2012
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Home Cuentos de Ningo Compulsión (1)

Compulsión (1)

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tragaperras,tragamonedas juego compulsivo Raúl era un tipo feliz. Se sentía afortunado y pleno, a los treinta y seis años era un médico pediatra reconocido en la ciudad autónoma de Buenos Aires, había logrado instalar su propio consultorio en una zona apetecida por los profesionales del rubro y su vida familiar le daba el remanso que necesitaba para tanto trajín con Elena, su amorosa esposa y sus dos pequeños hijos Mario de tres y Silvina de cinco años.

Su pasar era envidiado por amigos y colegas y mirando hacia adelante sólo veía un futuro auspicioso y lleno de satisfacciones.

Una noche, en que Elena y los niños estaban ausentes por haber acudido a visitar a la abuela materna a la ciudad de Pergamino, Raúl aceptó la invitación de sus amigos Gustavo y Miguel para asumir una cena relajada y charlar sobre los buenos tiempos de la adolescencia que disfrutaron juntos. Después de cenar Gustavo invitó a sus compañeros de correrías al casino ubicado en el hipódromo de Palermo.

Raúl en principio puso una excusa para no acompañarlos ya que no le gustaba perder el tiempo en cosas triviales como los juegos de azar, mas finalmente sus otros compinches lo convencieron y allí fueron los tres.

Apenas ingresó a la sala sintió un fuerte mareo por las luces impactantes de las miles de maquinas tragamonedas que inundaban el lugar, hizo un amague como para retirarse lo que fue impedido por Miguel. Luego de esperar un tiempo para conseguir algún lugar libre, Gustavo lo sentó medio de prepo en una de las maquinas enseñándoles someramente la manera en que debía accionarla.

Pasó una señorita que le vendió a Raúl cien pesos en fichas y comenzó a jugar entre tímido y temeroso mientras los números y las frutas iban y venían en la fatídica pantalla. Al apostar por cuarta vez gana una suma considerable que lo entusiasma, inmediatamente apuesta sin cesar una y otra vez hasta que agota la totalidad de lo comprado y lo ganado.

Piensa que seguramente la suma invertida no era suficiente para obtener un triunfo relevante ante esas robóticas maquinas y esta vez cambia fichas por la suma de mil pesos. Apuesta con intensidad y sin recabar en lo sucedido pierde los mil pesos con una rapidez mayor con la que le había obsequiado al casino los primeros cien pesos y la contingente ganancia.

Clama imperativamente por fichas y esta vez la suma dada en canje accede a diez mil pesos que entre perdidas y ganancias se extinguen en exiguos treinta minutos.

Sin un peso en los bolsillos le pide a Gustavo que lo lleve a su casa y en la pesadilla nocturna, las luces y el ruido de las maquinas tragamonedas convirtieron su sueño en un tormento.

A la mañana siguiente suspende los turnos en el consultorio acude al banco y retira la integridad del dinero ahorrado que alcanzaban los pesos trescientos mil.

Presuroso accede al casino que atiende a sus victimas durante las veinticuatro horas y poco después del mediodía, Raúl, había perdido todos sus ahorros.

Vuelve a su casa piensa en su mujer y los hijos comprendiendo que no tenia una respuesta lógica para explicar la extinción del patrimonio familiar, así decide vender el automóvil que como la casa  estaban exclusivamente a su nombre, con la esperanza de recuperarse y de esa manera recomponer el patrimonio perdido e incluso comprarse un auto nuevo que provocaría una enorme alegría en Elena y los chicos.

A primera hora de la mañana siguiente de la venta del automotor entra raudamente la sala de juego comenzando a apostar.

La pérfida maquina tragamonedas terminó con sus esperanzas exactamente a las 19.35 hs del mismo día, momento a partir del cual no solo carecía de ahorros sino también de un lujoso automóvil último modelo.

Agotado retorna a su casa con el recurrente pensamiento de carecer de excusas respecto de su familia sobre la perdida del patrimonio y del automóvil y así resuelve que a  primera hora vendería la casa que constituía su hogar y que con lo obtenido recuperaría los ahorros, el automóvil y hasta podría adquirir esa mansión de la esquina que tanto anhelaban Elena y los chicos.

A la mañana siguiente concreta la operación de compra y venta de su casa con un adquirente poco escrupuloso y un escribano con menos escrúpulos que el comprador, recibiendo a cambio una suma que en los hechos sólo representaba el 20% del valor real del inmueble pero que la obsesión por el juego que se había apoderado de Raúl la hacían parecer suficiente.

Concurre al casino habitual y compulsivamente apuesta sin límites ni restricciones. A las veinticuatro horas, diez minutos del día siguiente Raúl, el sobrio médico pediatra de la prestigiosa Ciudad Autónoma de Buenos Aires se había transformado no sólo en un adicto manifiesto al juego, esto es un ludópata, sino que había perdido la integridad de los bienes materiales que tenia sino además su dignidad.

Entró en el bar más próximo se bebió hasta el agua de los floreros y finalmente ayudado por un parroquiano amable logró llegar a su casa se desmayo en la cama y el timbre insistente lo llevó a despertarse y levantarse comprobando que ya era casi la noche del trágico día siguiente.

Bajo la secuela del alcohol, logra llega a duras penas hasta la puerta de entrada y allí se encuentra con una Elena feliz y dos niños sonrientes que lo abrazan lo besan, mientras le dicen cuanto lo extrañaron.

Raúl se sienta en uno de los sillones del living mientras la familia va dejando aquí y allá valijas y paquetes de regalos.

Elena, ante el silencio y la adusta actitud de Raúl le pregunta que sucedió en su ausencia, Raúl se mantiene en silencio sin responder hasta que finalmente se quiebra y le cuenta todo lo ocurrido remarcándole que en setenta y dos horas tenían que dejar la casa, su hogar de acuerdo a lo convenido con el comprador y el escribano.

Elena no puede creer lo que escucha. Lejos de mantenerse en silencio condena con subidos agravios la conducta de Raúl, le indica a los niños que tomen las valijas y los bultos mientras ella hace lo mismo y anunciándole que jamás se volverían a ver hasta el día de la  audiencia de divorcio, se marcha a la casa de su madre pegando un fuerte portazo al salir.

Raúl aun embotado por las secuelas etílicas, llega a entender el comportamiento de Elena, se dice una y mil veces que era una basura sin perdón, que había arrojado por la borda lo forjado durante más de diez años de vida familiar y de mutuo trajín con Elena, que no podría vencer el imperioso impulso por retornar a las maquinas tragamonedas, aunque tuviera que empeñarse, pedir o incluso robar para conseguir el dinero necesario que le reclamaban impiadosamente las malditas  tragaperras y mientras observaba las fuertes vigas de hierro que sostenían el techo de la casa, sin dudarlo saca el juego de sabanas de la lecho conyugal mientras suena el celular y esperanzado atiende esperando la indulgencia de Elena. Ello no ocurre. Su esposa expone sin piedad los insultos más gruesos y la sentencia ¡¡¡Olvidate nunca más me verás como tampoco a los chicos!!!

Tiró el celular sobre la cama mientras intentaba pasar las sabanas trenzadas por las vigas de hierro hasta que lo consiguió. Fue a buscar el banquito que habitualmente integraba uno de los muebles de la cocina, se subió a él mientras el celular volvió a sonar, amagó a atender pero desistió, rodeo la punta de las sabanas trenzadas en su cuello, hizo dos gruesos nudos, se aseguró que el lazo se deslizara, tiro con su mano derecha las sabanas para asegurar la firmeza de la horca improvisada que en su otro extremo estaba sujeta con dos fuertes vueltas a la puerta del baño, pateó el pequeño banco de madera, sus pies encontraron como único apoyo el aire y la muerte sobrevino en un instante, mientras el celular con tardías frases de perdón sonaba una mil veces.



[1] Los jugadores compulsivos poseen el índice más altos de suicidio a diferencia de cualquier otra adicción (Gengler, 2007). El juego puede llegar a ser algo tan importante en sus vidas que pierden el interés y dedicación a la alimentación, al sexo y a otras relaciones sociales.

 

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ningoconversaciones con ningo

En una mesa de bar, Ningo y yo charlamos mientras un grabador hace su tarea. Lo que sigue es un extracto de nuestra conversación, en la que él responde mis preguntas en forma pausada y espontánea, casi olvidando el marco de nuestro encuentro.
No todo el material está incluido en las páginas que siguen. En parte porque el eje de esta publicación es la poesía, también porque es ella quien mejor puede hablar de un hombre al que cada tanto se le corta la voz, imprevistamente, en medio de una respuesta. Es en el cuerpo de cada verso y de cada poema donde debe quedar expuesto este ámbito más privado, por momentos gozoso, cada tanto atravesado por el dolor.
Christine Clark.

¿Recordás tus primeros versos?

Yo nunca había escrito poesía. Escribí mis primeros versos para Mary, a la que creía muerta. Nos conocíamos desde mocosos, ella fue mi amor de adolescencia. La encontré después de muchos años, ella era militante y pensé que la habían matado durante la dictadura. La busqué por años y nada, nunca la pude encontrar. Hasta que un día instalan en el juzgado un sistema para la búsqueda de personas. Puse el nombre de ella y aparecieron su dirección y teléfono. De esto hace ocho años, yo ya estaba separado. Llamé, le dejé un mensaje a su hija explicándole quién era yo. Al rato llego a casa y el teléfono estaba sonando: era ella. Se tomó un avión y vino. Todo el mundo conocía la historia, todos sabían que yo la buscaba, y mis compañeros de trabajo ayudaron a prepararle un buen recibimiento: me preparaban comida, me regalaban vinos. Fue una luna de miel, me acuerdo que era agosto y todo estaba nevado. Cuando se volvió a Buenos Aires le escribí un primer poema que por ahí debe andar, llamado «Lobo estepario». Y viajé para entregárselo en mano.

El disparador de tus primeros versos fue ese amor ideal. Este tema parece haber pervivido en tu escritura.

Más que un amor ideal, yo hablaría de un amor nostálgico. La nostalgia de un amor perfecto.

¿Por qué esa escena inaugural, la de un hombre regalando un verso a su amada? ¿Se trataba de un simple gesto galante o la poesía ya ocupaba un lugar en tu vida?

Yo era un lector ocasional de poesía. Sí leía frecuentemente a Alfonsina Storni. Me gustaba el estilo de su rima: esbelta, galante y perfecta.

¿A Mary le gustaron tus versos?

Los hombres somos bastante imbéciles y no tenemos en cuenta la enorme memoria de las mujeres. En especial cuando se han sentido amadas y todo resultó mal después. En el fondo ella estaba enojada por el mandato materno que me decidió a dejarla para casarme con otra mujer. Yo había sido un tipo muy aferrado al deber ser. Respecto del poema, y de algunos que vivieron después, ella tuvo una actitud muy crítica. Realmente no eran buenos, pero ella agregaba algo de desprecio. Me acuerdo de alguna falta de ortografía y de sus palabras: ¿cómo un egresado de la escuela normal puede escribir semejante barbaridad?

¿Y cómo recibiste semejante reacción?

Yo no esperaba su aplauso. Escribí como para marcar un punto de referencia, como para establecer: te encontré. Pero con los años ella fue cambiando esta mirada, supongo que la medida en que yo iba escribiendo mejor.

¿Cuántos poemas llevás escritos desde aquel primero?

Registrados, más de cuatro mil.

Te picó el bicho, más allá de las críticas de Mary.

La poesía es una manera espectacular de expresión. Yo pienso que la poesía está muy relacionada con la personalidad de uno. Si bien yo había sido un tipo sociable, de a poco me fui convirtiendo en un solitario. Mis momentos de soledad son inalienables, imprescindibles, absolutos, exclusivos y excluyentes. Por ejemplo, tomar mate solo, en las mañanas. La pregunta era: ¿qué hago con esta soledad? Entonces empecé a escribir. Para hacerlo tenés que estar solo. Pero poco a poco, esa escritura me sacó de la soledad: los mensajes de la gente a la que le gustaban mis poemas, por ejemplo. Encontré nuevos amigos. Y también, paulatinamente, era como si yo ya no pudiera expresarme en prosa, como si sólo pudiera hablar en versos. Tanto es así que hay un sitio exclusivamente jurídico, neujus.com, donde se publicaban fallos y yo a cada uno le hacía un verso. Y se publicaban juntos. Desde el adulterio hasta el homicidio calificado por el vínculo eran temas de mi poesía. Y me consta que estos últimos cumplían una función docente. Alguna vez dando unas charlas en la Universidad de Buenos Aires encontré que los alumnos los leían.

También te he visto mostrar tu material a la gente común, al paso. Por ejemplo a los mozos de los bares.

Yo pienso que si tengo algo guardado y nunca lo saco, nunca lo uso, no sirve de nada. Más allá de la belleza estética que puedan tener las palabras, creo que la poesía es un instrumento para decir la vida aún en sus aristas más agudas. Vos fijate que Alejandro Cano, un escritor de los más grandes de Colombia al que yo no conocía, un militante social reconocido, me pidió los versos que escribí sobre valores y con ellos armó dos programas de radio que tuvieron mucho éxito. Yo usé esos versos para describir las deficiencias y las mil intrigas del Poder Judicial y del poder en términos generales.

¿Durante cuántos años ejerciste el Derecho?

Cuarenta años. Durante diez fui abogado y los treinta restantes, juez. La Cámara de Apelaciones de Zapala fue mi último destino laboral. Creo que los más importantes fueron los cuatro años que estuve en Cutral Co como juez de primera instancia en los fueros civil y penal. También mi desempeño como defensor de cámara, porque creo que soy esencialmente un defensor penal. Ese fue mi mejor rol.

Hasta ahora has firmado toda tu obra bajo el nombre de Ningo.

En el Paraguay, el nombre Ningo es muy popular y significa «ninguno». Me pregunto hasta qué punto eso tiene que ver conmigo. Esto de ser nadie. En el ámbito familiar, es un viejo apodo que me parece viene de mi madre, aunque no lo tengo del todo claro. Pero lo usé para firmar porque yo soy Ningo. La gente que ha querido y me quiere me llama así.

Parece como el signo de una vida doble. Nunca habrías podido firmar un fallo sino con tu nombre legal; el otro, más privado, pudiste ponerlo al servicio de algo más privado y sentido. ¿Cuáles son los temas que te interesa tratar?

Mis poemas están apegados a la realidad. Me gustan los que tratan sobre la vida, los valores y la necesidad de un equilibrio dentro del orden social. Todo muy atravesado por la utopía también. En verdad es muy difícil que un tipo de mis características se inserte en el mundo. Yo nunca me excusé en ningún expediente porque nunca miré las carátulas. Trabajé sin prestar atención a los nombres, sin dejar que me condicionaran, y a nadie privé de justicia. Ser juez es una tarea dificilísima. No se pueden tener amigos ni compromisos, en especial si pertenecés a una comunidad chica.

¿Entonces tu práctica profesional condicionó tu vida, provocando soledad y retracción social?

Sí. Me jubilé como el juez más antiguo de Neuquén y me fui con un código debajo del brazo diciendo chau. Ni tuve fiesta de despedida. A mi despacho nunca entraron los poderosos, por ejemplo, nunca puse en juego la equidad de mis fallos. Las convicciones no son asunto de palabras sino acciones de todos los días. Mi familia pagó un alto costo por esto y eso es algo que lamento. Muchas de las cosas que he visto y sufrido están en los versos, que para mí son un exorcismo de la maldad que te agobia; también sirven para rescatar lo bueno, lo que te permite seguir viviendo.

¿Cómo se escribe poesía?

Uno no hace una carrera formal para ser poeta: se empieza a escribir poesía y eso que estaba dentro tuyo salta de repente, pum. En el interín habías estado con la mente ocupada en otras cosas: hacer justicia, llevar adelante una familia. Cuando súbitamente estas cosas pasan a un plano secundario, lo otro aparece. Al principio no sabés muy bien qué haces y avanzás como en las ciencias exactas, por ensayo y error.

¿Cómo es eso?

Al escribir dejás que la pluma corra liviana, sin prestar
atención al concepto de lo que escribís. Pero al releer aprendés a corregir, este todo un aprendizaje. La cuestión abarca más que arreglar una coma. Todas las mañanas escribo cuatro poemas. En mi casa, solo y tomando mate. O después, en una mesa de bar, tomando una buena copa.
¿Siempre cuatro? ¿Nunca cinco o tres?

Cuatro todos los días, de lunes a lunes, desde hace nueve años. Este es el desafío cotidiano.

¿Y qué hacés con todo ese material?

Yo escribo a mano, en libretas. Después los paso a la computadora y los subo a mi sitio: www.ningo.com.ar

Pero tu ingreso en la poesía es posterior a otras prácticas de escritura, ¿no es cierto?

Escribo desde siempre. Desde las composiciones escolares, precozmente relacionadas con lo social, hasta mi trayectoria como ensayista. La primera cosa importante de mi autoría fue un artículo sobre la inimputabilidad del ebrio, algo que después se convirtió en teoría jurídica de la mano de Zaffaroni. Tenía menos de treinta años cuando lo hice.

¿Cómo surge lo del sitio? ¿Cuándo nace?

No tenía dónde poner los poemas. Empecé publicándolos en Internet a través de un sitio llamado norpatagonia.com, donde yo tenía un subdominio. Después me independicé con un sitio propio, todo gracias a la ayuda de Mónica que lo hizo posible desde el principio. Ese fue un modo de dar a conocer lo que yo escribía. Me entretenía, era interesante hacerlo. Y sin esperar que sucediera, empezó a posicionarse muy bien en los buscadores. Tenemos un promedio de 4.000 visitas diarias. Esa ha sido nuestra media durante los últimos cinco años. Y lo sorprendente es la cantidad de comentarios que nos deja gente de todo el mundo, siempre sorprendida y agradecida por habernos encontrado.

¿Cómo imaginás a un lector ideal de tus poemas?

Creo que comparte algunos de mis valores morales, filosóficos. Me consta que muchos de mis poemas han molestado al poder político y al judicial. Yo soy un tipo comprometido con la vida, piadoso, y los comentarios de mis lectores se identifican con esto. Me lee gente adolescente y muy mayor, mujeres y varones por igual. Y ojo que el amor tiene que ver con esos valores porque es la antítesis de la violencia. El que le mete un tiro a otro no tiene presente lo amoroso. Y después han surgido cosas curiosas, como cuando escribía versos por encargo. Alguien, por ejemplo, quería regalarle versos de amor a una dama, a un hijo, a una madre. Entonces me pasaban un formulario con todos los datos y así los hacía: siempre es importante saber quién te lo pide y por qué. Esos versos me fueron agradecidos, aunque obviamente llevaban la firma de las personas que los encargaban.

¡Eras Cyrano de Bergerac!

Algo así. Y todavía lo soy, porque dentro de mi sitio hay una sección de poemas por encargo. Claro que esos poemas no se suben al sitio porque se los quedan quienes me los piden.

¿Qué te mueve a publicar este libro?

Internet es muy importante y te brinda multitud de lectores pero la edición en papel te asegura una permanencia. Por eso quise publicar este libro, que tiene un poco de todo e incluye uno de mis poemas más sentidos, «Acaricias». Quiero que algo quede, pretendo hacer una apuesta en medio de tanta cosa gris, de tanta corrupción, de tanta ignorancia. Escribir poesía es una revolución encubierta, para hacerlo hay que jugarse.

La idea de incluir estas conversaciones tiene que ver con una inquietud tuya. Esto de haber firmado por años tus poemas como Ningo, un nombre sólo reconocible en el ámbito más doméstico o cercano de tu vida pero anónimo para el resto. Entonces, cerrando nuestra charla te pregunto: ¿quién es Ningo, que también es Héctor Manchini?

El tipo que piensa que es posible cambiar, aunque todo demuestre lo contrario. Es el tipo diferente, raro, que sufre y a veces no puede dormir. La comunidad te exige que pagues un precio muy alto para pertenecer a ella y yo no estoy dispuesto a renunciar a mis convicciones. Este fue el país de Belgrano, de Moreno, y mirá cómo estamos.

En suma, sos un lobo estepario que edita un libro para acercarse a los demás. ¿Te resulta una contradicción?

No. La contradicción es la esencia de la libertad. Sos libre cuando sos esencialmente contradictorio y sos sumiso cuando sos esencialmente homogéneo. El cambio, el azar, la facultad de hoy decir «sí» y mañana «no» es parte de esa libertad. Este libro pretender ser eso: una pequeña muestra de mi libertad.

(San Martín de los Andes, agosto del año 2009)

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