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Juan era un joven y brillante abogado, había egresado de la Facultad de Derecho Universidad Nacional de Buenos Aires, con un promedio de 10 puntos absolutos, medalla y diploma de honor. La vida le sonreía, sus esperanzas no tenían límites y estaba dispuesto a realizar cualquier sacrificio para lograr su gran objetivo, su máxima ambición, ser Juez.

Sabía que el camino estaba lleno de obstáculos, que la competencia era dura, pero su probada aptitud profesional y su coeficiente intelectual superlativo le facilitaría la tarea.

Hijo de una familia humilde de los suburbios bonaerenses su curriculum estaba huérfano de conocidos, de personas de trascendencia en algún ámbito del poder, de relaciones.

Juan le restó importancia a esta cuestión. Además por su manera de ser, educado en el respeto irrestricto a la austeridad, el honor, la honestidad, la decencia bajo ninguna circunstancia accedería a alcanzar su meta si no lo era de una manera clara y transparente.

Juan se cansó de gastar zapatos buscando un trabajo acorde con su excelencia profesional. En dos años todo lo que había conseguido era realizar diligencias para estudios jurídicos de poca relevancia y prácticamente por monedas.

Parecía que Juan estaba tachado de todas las listas, docencia pública o privada, seguridad, justicia, estudios jurídicos varios, todos eran una sola frustración, con fundamento exclusivo en su orfandad de amigos importantes y el estigma de sus valores innegociables.

Prácticamente en la miseria, con sus esforzados viejos contagiados de su sufrimiento se topó casualmente en un bar de Capital Federal con un abogado de cabello ralo y abundante experiencia. Un sólo consejo.

- Mira pibe, rajate, andate al extranjero, algún país cercano, rendí equivalencias y jugá todas las fichas a tu capacidad. No queda otra, dictó sentencia inapelable el boga de años.

Juan cumplió estrictamente con el consejo del experimentado letrado. Marchó al extranjero, en un par de meses estaba trabajando en un estudio jurídico de importancia. Rápidamente su situación de vida cambió. Casos difíciles que se transformaron en fáciles por la habilidad técnica de Juan por su lucida oratoria, le dieron el dinero suficiente para armar una familia, llevar a los viejos, experimentar la dicha de un par de purretes y la alegría de sentirse útil en la profesión que era su pasión.

Ya con toda la gloria encima a pesar de ser un mocoso de treinta y tres años fue a su país tan ingrato a dar charlas, conferencias, exponer sus novedosas y revolucionarias teorías.

Sintiéndose en deuda con el país que había reconocido su capacidad y esfuerzo se hizo hijo adoptivo del mismo. No pudo evitar el dolor de renegar de esa patria sumida en la corrupción de un puñado de poderosos cuyas reglas eran las relaciones y el compromiso.

A los cuarenta y cinco años era presidente del Colegio de Abogados de la ciudad capital de su hogar por adopción y  a los cuarenta y seis fue propuesto por el Poder Ejecutivo. Como Juez de la Corte Suprema de Justicia. Su pliego fue aprobado por unanimidad por la legislatura.

Aún hoy, a los sesenta y ocho años, luego de haber viajado por todo el mundo, la nostalgia por su barrio suburbano, de casas bajas, de patios con rosas y jazmines, del asado dominguero,  le gana por goleada y cada mes de todos los años el abrazo con los amigos de toda la vida se renueva rigurosamente, con placer, con la tibia tristeza nacida en la bronca de los sueños de niño que los mediocres titulares del poder no dejaron ser.   

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