-    Buenas noches señor
-    Buenas noches
-    Mire, yo me acabo de caer de aquella estrella, la más brillante, esa que está debajo de la luna. Estoy desorientado.   ¿Podría decirme donde encontraría un lugar para comer algo y pasar la noche?


José lo miró sorprendido. Pensó que había tipos más locos que él. Algo le atrajo del sujeto. Le pareció amable y simpático, decidió seguirle la corriente.
-    ¡Mire usted qué casualidad! Yo también hace un rato me caí de una estrella. Esa que está por arriba de la luna, a la izquierda, es menos brillante que la suya.
-    ¡Qué alegría! ¡Semejante traspié y vengo a toparme con un amigo del espacio!
-    Yo ya me caí varias veces - comenta José - .Por el vino, sabe. Borracho pierdo la estabilidad, caigo y aparezco aquí.   Tengo varios amigos en la tierra, incluso formé una familia. Venga lo invito a pasar esta noche en mi casa.
-    ¡Le agradezco infinitamente! ¡No olvidaré su generosa hospitalidad!
-    Acompáñeme, es la casita blanca, justo en la esquina. Allí vivo con mi familia terrestre.
-    No quiero molestar.
-    Ninguna molestia. No es nada. ¿Cuál es su nombre?
-    Azul. Mi nombre es Azul.
-    ¿Azul? ¿Por qué Azul?
-    Por el color de mis pies.
-    Mire usted, añadió José.
Al llegar a la puerta de la casa José le dijo que esperara un momento. Entró, le dio un beso a su   esposa María y le dice:
-    Invité a un tronado a cenar a casa y pasar la noche. Dice que se cayó de una estrella. Seguile la corriente y dirigiéndose a sus dos hijos adolescentes les advierte¡ No se atrevan a molestarlo! Parece un buen tipo y es mi invitado.
Todos asintieron.
José hizo pasar a Azul, las presentaciones de rigor y a sentarse a hablar un rato hasta que   llamaran a comer.
Se ubicaron en unos cómodos sillones de cuero. Azul pidió permiso para quitarse el calzado. Sus pies se habían resentido con el impacto en el suelo terrestre.
-    Por supuesto dijo José, póngase cómodo.
-    Azul se saca las botas espaciales poniendo en evidencia dos pequeños pies azules y brillantes.
-    Mire usted qué bonitos pies, apuntó María
-    A mí no me gustan, dijo Azul
-    ¿Por qué?, preguntó José
-    Porque prefiero los rojos. Soy hincha fanático de Independiente.

-    Qué casualidad, hincha de Independiente y caíste en Avellaneda, dijo uno de los hijos sin poder reprimir una risita burlona que apagó rápidamente el manotazo de papá.
-    ¡No me diga que estoy en Avellaneda! ¡En Argentina!
-    Así es, dijo José.  A dos cuadras de la cancha del Rojo.
-    ¿Podemos ir? Preguntó Azul
-    Bueno, después de cenar vamos, dijo José
Durante la cena Azul contó que vivía en Decolores, la ciudad capital de la provincia Colorín, en pleno corazón del planeta Blanquiceleste.
-    ¿Blanquiceleste?, interrogó José
-    Si, Blanquiceleste ratificó Azul, agregando que el nombre fue impuesto por el nuevo presidente,fanático de Racing. En mi planeta todo está pintado de celeste y blanco.
-    ¿Por qué tanta influencia de Avellaneda?, preguntó María
-    Porque los pioneros, los fundadores, habían nacido en Avellaneda. Se trasladaron a lo que hoy es el planeta Blanquiceleste en dos naves espaciales que salieron de aquí. También por eso la vida política se divide entre el partido Rojo y el Blanquiceleste.
-    Pero si en Avellaneda no hay ni colectivos ¿de qué naves espaciales habla?, chilló el hijo mayor.
-    Eso ¿Naves espaciales en Avellaneda? ¿Cómo es eso? interrogó el menor de los vástagos.
-    Mis ancestros vivían en Avellaneda, pero debajo de la Tierra. Una serie de túneles nos comunicaban con el exterior. Los domingos nos escapábamos a ver al Rojo o a Racing confundiéndonos con la gente común. Todo fue bien hasta que se rompió la máquina que proporcionaba oxígeno a nuestra comunidad subterránea.
-     Así, contando con una tecnología de avanzada,  construimos dos naves espaciales partiendo a nuestro actual destino. En una viajaron los Rojos y en la otra los Blanquicelestes.
-    ¡Increíble, realmente increíble!, exclamó José mientras por lo bajo le comentaba a María.¡ Este está más tronado de lo que pensaba!
-    ¿Podemos ir a la cancha?, preguntó Azul.
-    Vamos, dijo José quien le indicó a María y los hijos que se quedaran en la casa.
-    ¿Encenderemos las luces del estadio? Preguntó Azul
-    ¡Hoy, Azul,  es su noche de suerte!, el iluminador y canchero es mi hermano. Pasamos a buscarlo y seguro se prende.
-    Hola Raúl, saludó José a su hermano, te presento a mi amigo Azul.
-    Mucho gusto, dijo Raúl
José le contó a Raúl lo sucedido con lujo de detalles. Raúl aceptó cumplir con su rol para hacer realidad la ilusión de Azul y los tres marcharon hacia el estadio.
Azul pisó el césped de la gloriosa cancha del rojo, lo beso, no lo  podía creer.  Raúl prendió todas las luces.
-    ¡Bello!, ¡Bellísimo!, repetía Azul.
En eso estaban cuando un festival de luces multicolores apareció en el cielo.
-    La patrulla de rescate! grita Azul
En instante sobre la alfombra verde de la gloriosa cancha del Rojo se posa suave y sacrílegamente un plato volador blanquiceleste
Se abrió una escotilla, se desplegó una escalera
Azul abrazó a José y Raúl, lagrimeando emocionado.
-    Adiós amigos. ¡Jamás los olvidaré!
Subió la escalera, se cerró la escotilla, despegó el plato volador blanquiceleste.
José y Raúl lo siguieron con la mirada y las bocas abiertas.
Nunca lo contaron. Jamás les creerían.