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La consiga de toda la vida fue "no debes llegar tarde".-
Desde su lejana niñez el reclamo materno aun tenía vigencia.-
¡Apúrate que llegas tarde! ¡A las ocho tenés que estar en la escuela! ¡Ocho y un minuto cierran la puerta! Y así una serie de advertencias tendientes a acomodar su acción al riguroso reclamo del reloj, su terminante fatalidad.
Llegada la adolescencia el sometimiento no varió. Mas condicionado que nunca. Nuevamente el requerimiento de su madre, insistente, obstinado, obsesivo. ¡No vuelvas tarde! ¡A las seis te quiero ver en la cama!¡A las cuatro en la escuela a recoger a tu hermano!
En las citas con bellas damitas que hacían feliz su corazón ¡No tardes!¡A las siete en punto!¡Si no llegas siete y cuarto me voy!¡A las doce en mi casa a almorzar!.-

El fútbol era su pasión. El horario de los entrenamientos estrictos. El entrenador inflexible. ¡El que llega tarde no juega!
¡Todos acá a las siete! ¡Reunión a las nueve, el que no llega a tiempo se queda!
Ya en la juventud el reloj y el tiempo que se escapaba velozmente estaban presentes en cada circunstancia.-
A las siete marcaba tarjeta al ingresar al trabajo; a las 12 refrigerio, luego empujar las agujas del reloj hacia las dieciséis el horario de salida.
Apurado, llegaba a su casa, descansaba un momento, una ducha rápida, una afeitada ligera y a las dieciocho en la esquina de Máximo Paz y Santa Fe, pleno corazón de Valentín Alsina, donde cada día, puntualmente se abrazaba con su gran amor, Nora.
Hermosa mujer que un veintiocho de diciembre a las veintidós horas se convirtió en su esposa.-
Supo de la felicidad, de la dicha de querer y ser querido.
De ese cariño entrañable y coincidente nacieron tres hijos. Pablo, Héctor y Luís.
Los tres llegaron a este mundo a la misma hora. En cada caso el reloj marcó - picaramente - las doce exactamente.-
Cubrir las necesidades de su numerosa familia lo obligaba a tener más de un trabajo. Debía llegar a horario para conservarlos.-
Tratando extremar los recaudos comenzó a portar un reloj en cada muñeca.
Gran lío fue el día que debía llegar a una cita de negocios a las doce y al mirar el reloj de la muñeca derecha este le marcaba las once, al ratificarlo con el de la izquierda este lo contrariaba y señalaba las diez y media. Duda, interrogante, desesperación, recordó que estaba en Retiro, elevo los ojos al cielo y el Big Ben porteño resolvió el problema.
El reloj de la Plaza de los Ingleses falló que la muñeca derecha decía la verdad. Esa pieza exacta y perfecta que destacaba en el tope de La Torre no fallaba - al menos en esos tiempos - mantenido con minuciosidad sajona, controlado cada día, era el monumento a la confiabilidad horaria.-
Los hijos se casaron uno tras otro. Todos lo hicieron a las veintidós horas. Fue el padrino en cada oportunidad. Siempre consultando insistentemente el reloj para no llegar tarde a la ceremonia.
Después que los hijos marcharon de casa disfrutaron a pleno con Nora. Volvieron a sus costumbres de novios, paseos, cine los miércoles, atrevimientos y picardías nunca olvidadas, hacer el amor en algún hotel de tiempos de juventud que aún se mantenía vigente y remozado. La cena en casa a las veinte en punto no se negociaba.-
Sus hijos les dieron hermosos nietos. No nacieron todos a la misma hora pero si eran regulares a la hora de reclamar. Mamaderas a las ocho, a las catorce y a las veinte.
Luego fue purecito a las catorce y a las veinte.
Ya más grandes, a las diez de cada domingo golpeaban la puerta de la casa. Infaltable el fútbol en la Ciudad Deportiva de Lanùs.
Picadito peleado, gritado, disputado. Abrazados volvían a almorzar.-
La cita a las trece en la larga mesa familiar, tallarines amasados por las hábiles manos de Nora.-
Un mal día Nora enfermó. La cuidó. Suavidad y una sonrisa que nunca se borró. Animo a cada instante. Estaba tranquila. Disfrutaban estar juntos. Constante el reto de Nora por su tonta preocupación.
Ya todo pasaría y nuevamente el sol y el cielo sin nubes.-
Nora murió un domingo a las trece horas. Tanto lloró.-
Nunca más volvió a ser el mismo. Se apagó su sonrisa, desaparecieron sus ganas.
Nora había sido el motivo de su vida. La había amado con el alma. Ella le había dado sentido a cada jornada.
Fue tristeza, depresión, dejó de levantare de la cama
Su salud se puso delicada. Los hijos lo internaron de urgencia una fría mañana de invierno.
El libro de entrada certificaba que había ingresado a la clínica a las seis horas. La ficha de su historia clínica que estaba inconciente y sus signos vitales eran débiles.
A las ocho y cuarto despertó, fue un instante, no dudó que las agujas del reloj colocado en la pared frente a su cama indicaban que era hora de partir, que ya no llegaría tarde. En su cara se dibujo una sonrisa y se abrazo con Nora.

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