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¿Quién inventó el día del padre? Un comerciante ingenioso, sin duda. La necesidad es la esencia de las buenas ideas. Una manera de incrementar las ventas - habrá pensado mi amigo comerciante - es provocar el amor por el viejo.

El que está y el que marchó para siempre. Así, una muchedumbre de hijos inunda los negocios comprando desde afeitadoras hasta el par de zapatos más elegante, o las zapatillas con cámara de aire para que las trajinadas articulaciones del hombre del día se alivien, y las caminatas diarias del viejo que ayudan al corazón se asuman con renovado entusiasmo.



Ese día también las tumbas de los padres que se apresuran a partir de un mundo tan injusto, se colman de flores, se llenan de agua los floreros resecos de olvido. Las lágrimas sentidas, con fundamento en lejanos momentos felices, se hacen rigurosamente presentes, mientras los negocios que enfrentan el cementerio hacen su agosto en pleno junio.

No está mal, pensó Juan, que un día, al menos, los hijos lo dediquen a homenajear a sus viejos. Con alegría algunos, con nostálgica tristeza los menos afortunados.

Llegó hasta su departamento. Se dejó caer en el sillón del living. Por costumbre prendió la televisión en el justo momento que un enorme cartel de ¡Feliz día papá!, cruzaba la pantalla adelantándose a la celebración del día siguiente. La apagó inmediatamente. Suficiente por hoy dijo en voz alta. Subió a su dormitorio, la remera de siempre y las sábanas limpias recibieron el cansancio de un laburante.

Por la mañana abrió los ojos, el cielo celeste que invadía la ventana y el sol que se reflejaba la montaña lo hicieron lagrimear. ¡Insólito! pensó Juan, cómo voy a lagrimear con este bello día que me propone Natura. Amagó levantarse y su cuerpo no respondió. Intentó mover las manos, los brazos, las piernas. Nada. Estaba paralizado. Absolutamente inmóvil. Sólo los ojos respondían a los mandos naturales. Realizó varios intentos para erguirse o mover sus miembros recibiendo la frustración como respuesta.

Se sorprendió de que la situación no lo asustara. En su mente percibía una gran paz, una especie de descanso, de deber cumplido. Pensó que, quizás de haber sabido que alguien vendría por él, sentiría temor de que no llegara a tiempo; pero como nadie acudiría, estando la puerta de entrada virgen de nudillos que reclamaran su presencia, se resignó a su situación y en su mente se dibujó un "Que sea lo que Dios quiera".

Sus ojos se fijaron en el nudo de la madera que el techo le obsequiaba en ese día tan especial. Por algún motivo ese nudo siempre era buscado por su mirada. Lo observó durante largo tiempo mientras la mente se alejaba con placidez hacia su mundo de sueños. Allí se veía joven, de la mano de sus hijos mayores, Pablo y Diego. Sergio llevaba la pelota de futbol. Picadito de rigor en el potrero de la esquina. Correr, transpirar, mil goles, el césped acogedor y los tres bandidos jugando incansables.

De vuelta a casa de los viejos, con todo el hambre del mundo que era estimulado por el delicioso aroma a un asado con todos los chiches. Rodolfo el asador titular, la vieja haciendo la ensalada, el abrazo con Alberto y Susana, un par de amigos recién casados, dos botellas de buen vino, todas las gaseosas necesarias, y el parrillero que daba la orden de largada.

Con la voz de Rodolfo en la mente, Juan despertó. La inmovilidad continuaba invencible. Sus ojos se dirigieron a la ventana que, afortunadamente, lucía las cortinas corridas. Un par de nubes traviesas cruzaban lentamente el celeste cielo. Como saludándolo. Una sonrisa en su pensamiento. Tranquilo, muy tranquilo. La luz exterior le anunciaba que el mediodía ya había pasado.

Nuevamente al nudo de la madera. Siempre le pareció que tenía la forma de una mujer embarazada. Su mirada recorrió una y otra vez el techo en el límite que le permitía las circunstancias. Decidió jugar un poco. Los ojos se fueron moviendo cada vez más rápido, más veloces, hasta que se mareó, los mantuvo cerrados y nuevamente volvieron sus sueños.

Allí seguía el asado. Una buena tira, jugosa, que precedía al chorizo, luego

era tiempo del riñón y finalmente un chinchulín exquisito. Los chiquilines correteaban más que comer. Pablo siempre subido a sus rodillas que disputaba celosamente con Diego. Sergio miraba desde abajo. Roli y la guitarra, las canciones de Osvaldo, la Negra Sosa, Discepolo, todo el repertorio habitual que se transformaba en mariposas musicales por su privilegiada garganta. "...uno vuelve siempre/ a los viejos sitios/donde amó la vida/ Entonces comprende/ como están de ausente / las cosas queridas/ Por eso muchacha…”. Los ojos volvieron a abrirse.

En la ventana, el cielo se había vestido de rojo. Incluso algunas sombras anunciaban la noche. Se dejó estar, busco el sueño y lo encontró.

Los tres granujas y Juan jugando al metegol. Ruido de mate en la cocina. La gente ya estaba en el comedor animado, pleno de carcajadas. Pablo tomando a Juan de la mano, llevándolo al comedor; sobre la mesa una torta casera donde se destacaba en blanco e inmaculado merengue un " Feliz día, papá". El beso de los granujas y lágrimas en los ojos de Juan, que vuelve a despertar mientras en su mirador ya se lucía una noche blanca de estrellas.

Las lágrimas y mil momentos del arcón amontonados en la mente de Juan. Recordó el celular que había dejado sobre la mesa de luz. Ese día, como siempre, tan ausente de llamadas. Agotado se durmió.

Por la mañana temprano intentó erguirse y lo consiguió con facilidad. Movió los brazos, todo en orden. Se calzó, se afeitó se pegó un ducha reparadora mientras trataba de explicarse que le había sucedido. Iría al médico, buscaría una explicación.

Bajó, se preparó su mate dulce de cada mañana, tomó la libreta mágica, mientras su mente buscaba temas para llenar las cuatro hojas blancas con los poemas de cada día. Prendió la televisión para dar un vistazo somero a lo sucedido. Mientras se daba vuelta para hacerse de las galletitas, un locutor anunciaba que ayer se había celebrado el día del padre en todo el país, que los hijos habían dado el merecido homenaje a sus progenitores, que el abrazo… La voz del locutor se apagó junto con el televisor.

Resolvió anular la visita al médico. Su mano comenzó a dibujar su primer verso.

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