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Mara y Juan Carlos se amaron desde muy jóvenes, casi niños. De familias muy humildes, Mara vivía con sus padres en una casa de de cinco metros por cinco metros con una letrina a treinta pasos fuera de la vivienda y Juan Carlos en una casa chorizo junto con sus padres, tíos y abuelos.
Con el tiempo Juan Carlos consiguió, por mérito, sendas becas para poder estudiar en la mejor escuela media y superior mientras que Mara culminó sus estudios primarios y luego trabajó en su casa ayudando a sus padres.
Tal como lo había prometido, en la misma semana en que recibió el título de abogado Juan Carlos contrajo matrimonio con Mara.
De la unión nacieron tres niños y Juan Carlos trabajó duramente para proveer lo necesario para la subsistencia familiar.
La exigencia le acarreó graves consecuencia físicas. Se quedó ciego y contrajo estrés crónico. Al borde del caos concursó para un cargo en una provincia lejana que ganó y con el tiempo las cosas mejoraron en lo económico pues rápidamente Juan Carlos fue reconocido por su inteligencia y laboriosidad.
Mara se fue distanciando afectivamente de su esposo. Se hizo adicta aljuego, abandonó a Juan Carlos y al poco tiempo la pareja se divorció.
Las necesidades de dinero del ludópata son infinitas y a pesar de contar Mara con dos inmuebles, más otro que compartía con su esposo, gozar gozaba de una excelente cuota alimentaria y no tener ninguna necesidad insatisfecha, los reclamos de efectivo nunca cesaron.
Vendió, sorprendiendo la buena fe de Juan Carlos, el inmueble más valioso de la pareja. Nunca se supo cuál fue el precio, sólo que la totalidad del importe pagado fue a parar a la casa de juego del pueblo. Vendió alhajas, pidió préstamos, hizo trizas un par de plazo fijos y en la alocada búsqueda de dinero contante y sonante acudió al estudio del doctor Cuervo.
Al hacerla entrar en su despacho, el Dr. Cuervo sonriente apretó su mano y le dijo
- ¡Cómo anda, Mara! ¡Mi clienta favorita! Siéntese, por favor.
- Hola, doctor. Aquí estoy, buscando su ayuda
- Dígame, mi amiga, ¿en qué le puedo ayudar?
- Mire, doctor, mi ex marido, Juan Carlos, nos hace pasar hambre a mí y a mis chicos. También usa los mejores bienes y a mí me dejó dos casas que no valen nada.
- Eso tiene solución, mi amiga. El Dr. Cuervo siempre tiene la justa solución para sus clientes.
- ¿Y que se puede hacer, doctor?
- Mire, Mara, ya mismo le hago preparar un escrito pidiendo aumento de cuota alimentaria y división de bienes. En poco tiempo se habrá olvidado del problema. Suministre los datos a mi secretario y yo la llamo.
Mara aguardó en la sala de espera una hora aproximadamente. Vió que el
empleado le llevó los escritos al Dr. Cuervo, que la llamó inmediatamente.
- Bueno, Mara, ya está todo listo. Se hace un pedido que triplica su cuota alimentaria por usted y sus hijos y se pide que los mejores bienes queden en su poder. Ya verá que con mis influencias su deseo se hará realidad.
- Le aviso, doctor, que mis nenes no trabajan y que tienen treinta y cuatro y treinta y seis años.-
- No se preocupe Mara, es un detalle. Además la nueva cuota alimentaria será descontada directamente de la cuenta de su ex esposo a la de del casin... digo a la suya.
- Maravilloso, doctor. ¿Le parece que se hará?
- Sin duda, Mara, sin duda. Mis contactos son infalibles. ¡El doctor Cuervo nunca perdió un juicio!
Notificado de la demanda, Juan Carlos la contestó con muchas dudas. Sabía que el doctor Cuervo no perdía un juicio, que sus contactos y las jugosas comisiones que entregaba eran la causa de sus buenos resultados. Aún así lo hizo, lamentando que se utilizara a una mujer enferma para ganar honorarios sin fundamento y poniendo de manifiesto la pena que le causaba que cuestiones personales tan duras fueran ventiladas en un proceso judicial.
Por supuesto, el doctor Cuervo ganó el juicio ampliamente. Las dos mejores casas se inscribieron a nombre de Mara y el 30% del sueldo de Juan Carlos fue a dar a la cuenta de su ex esposa.
El doctor Cuervo la cito a Mara para comunicarle el resultado. Mara, radiante, abrazó al Dr. Cuervo luego de insultar a su ex esposo.
-Bueno, Mara, usted consiguió lo suyo y mis honorarios son... nada. Una bagatela. Según la ley me debe ciento veinte mil pesos. Lo demás es suyo.
- ¡Cómo que le debo! Si perdió Juan Carlos.
- Él ya me pagó. Vendió las casas que le atribuyeron y creo que se mudó al exterior.
- ¿Y porque tengo que pagarle yo?
- Por el acuerdo, Mara, por el acuerdo.
- ¿Qué acuerdo?
- El que firmó junto con la demanda, mi querida amiga.
- ¡Pero usted no me dijo...!
- Siempre hay que leer lo que se firma, Marita.
- ¿Y cómo le pago?
- Con la casa más chica. Ya tengo preparados los papeles.
- Bueno, por lo menos me queda la casa grande y la cuota del 30% descontado directamente.
- Nada más y nada menos, ratificó Cuervo.
Mara volvió a su casa, les comunicó a su madre y a sus hijos que en la semana debían mudarse a la casa grande. Ya instalados, fue a percibir la primer cuota de su cuenta ¡Ocho mil pesos todos juntos! Ansiosa, se dirigió al casino. En un par de horas no quedaba nada, ruleta y maquinitas se habían quedado con todo el dinero. Fue a pedir prestado una y otra vez durante todo el mes. Ya no estaba Juan Carlos para pedirle que le girara de urgencia.
A fin de mes tenía una deuda de cincuenta mil más intereses con los prestamistas. La vivienda se fue como pago a sus acreedores. Con su madre y los dos hijos en la calle, acudió nuevamente al Dr. Cuervo.
- ¡Ay, doctor -gritaba Mara- me quedé sin nada y de la cuota alimentaria me descuentan más de la mitad para pagar pequeños prestamos, y la cobertura de salud!
- Y, alquile algo -le dijo el Dr. Cuervo.
- ¡No puedo! -exclamó ella entre llantos-. Nadie me sale de garante, no consigo quién me preste y todo es carísimo.
- Mire, Mara. ¡El doctor Cuervo es solidario con sus clientes! ¿Cuánta plata le queda por mes?
- Y, tres mil pesos más o menos -murmuró Mara.
- Bueno, por mil pesos le alquilo una residencia sin garantía alguna.
-¡Usted es un santo, Doctor!
En un momento, el doctor Cuervo llevó a Mara a su nueva residencia. Era antes de entrar al pueblo. Un largo descampado con una casilla de chapa al fondo de cinco metros cuadrados. La letrina a sólo treinta pasos de la casa.

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