Donde estoy

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Ricardo amaba entrañablemente a Mónica. Toda su vida giraba en torno a ella vivían juntos, desayunaban juntos, almorzaban juntos, trabajaban juntos, cenaban juntos y ya en el lecho Ricardo la acariciaba con suavidad infinita, besaba su piel con ternura mientras Mónica se dormida rápida y profundamente.

 
Cada día, cada noche la rutina se repetía y la preocupación de Ricardo aumentaba. No podía entender la falta de correspondencia de Mónica a sus manifiestos reclamos de sexo, de amor físico. Pensó que estaría pasando un mal momento, que no podía reponerse de la muerte de su padre - ocurrida hacía largos cinco años  - que simplemente era una racha de tristeza que pasaría.
Súbditamente aunque seguían viviendo juntos Mónica dejó de desayunar, almorzar y cenar con Ricardo. Se levantaba bien  temprano se vestía con ropa deportiva y retornaba a casa a las dos horas transpirada y con el agotamiento del esfuerzo físico dibujado en el rostro. Se duchaba y con unas faldas que aparecieron imprevistamente cortas, remeras sugerentes y algún saco por las dudas se marchaba topándose con Ricardo en el trabajo.

A la hora de salir lo hacía apresuradamente de manera que Ricardo no podía abordarla retornando al nido de amor entre las dos y tres de la mañana con un manifiesto cansancio y un intenso aroma a alcohol que emanaba de cada uno de sus poros.

En la oficina las malas lenguas decían de un apasionado romance que mantenía  Mónica con un apetecible profesor de gimnasia. Joven, demasiado joven para la ingrata, según la opinión de las arpías.-

Ricardo no se animaba a preguntar nada, tenía miedo a una respuesta que implicara la ruptura tan temida.

Así el silencio era la regla en el vínculo habitacional entre Ricardo y Mónica. Sólo se mantenían las caricias suaves y los besos tiernos de Ricardo cuando Mónica retornaba, vaya a saber de dónde, a la vez que la rapidez en dormirse de su amada se  aceleraba conforme lo traducían los generosos ronquidos que se hacían presentes de inmediato, apenas Mónica apoyaba la cabeza en la almohada.

Una noche Mónica no llegó a la casa. Desesperado Ricardo llamó a hospitales, comisarías, juzgados y a todo lugar donde podrían brindarle alguna información sobre la suerte de su compañera con resultado negativo. La encontró al llegar al trabajo, le preguntó que le había pasado, contó de su búsqueda. La reprimenda furiosa de Monica fue la respuesta. Ella no era una niña y no permitiría que un tonto le hiciera pasar vergüenza, anunciándole a Ricardo que a partir de ese momento todo había terminado entre ellos.

Acto seguido- mientras las víboras aseguraban en voz baja que la habían visto salir del departamento de su amante - Mónica se dirige a su jefe, alega un malestar repentino, le otorgan permiso para retirarse y sin mas acude a la casa, ubica unas pocas cosas en la valija y con indisimulada prisa se aleja para no volver.

Al retornar del trabajo y no encontrar a Mónica la tristeza de Ricardo se convirtió en lamento e inconsolable llanto. Por primera vez después de años acudió al bar del barrio. Se pidió una botella de whisky berreta y se sentó en una mesa ubicada en el rincón más oscuro del lugar. La bebió con ansiedad, terminó en el suelo murmurando el nombre de la ingrata.

Parroquianos solidarios lo llevaron hasta su casa y lo acomodaron en el sillón del living.

Al despertar Ricardo era nuevamente de noche. Había pasado todo un día inconsciente. El recuero nostálgico de Mónica lo hizo lagrimear. Se incorporó del sillón, en la cabeza había anidado una banda del música del ejercito y el del bombo era un maldito obstinado. Se irguió con el fin de tratar de hallar el baño dentro de tanta confusión. En medio del estruendo castrense escucha el insistente sonido del timbre. Pegó media vuelta con rapidez y el suelo lo recibió con un doloroso golpe en la nariz. El timbre seguía sonando insolente, irritante. Se levantó mientras de sus fosas nasales fluía sangre en abundancia. Abrió la puerta y como una tromba ingresó Mónica.

- ¡Correte que tengo que ir al baño! dijo la oveja descarriada, mientras una amplia sonrisa se dibujaba en la cara de Ricardo.

Mónica se dirigió al cuarto principal, saco las cosas de la valija, las ubicó cuidadosamente en el placard. Volvió al baño, se pegó una ducha  y como Dios la trajo al mundo se desplomó sobre la cama.

- Estoy tan cansada, susurró

Ricardo se acostó a su lado  mientras la sonrisa se hacía cada vez más amplia. Mónica había vuelto. Necesitaba sólo un poco de tiempo, ahora todo estaría bien.

Amagó apagar la luz cuando la voz imperativa de Mónica lo conmueve.

- ¡Que esperas para acariciarme la espalda! ¡Como querés que me duerma! ¡Vivir con vos es un infierno!

Manteniendo la sonrisa, con alegría, mientras en la mente la idea que la normalidad había vuelto a casa se hacía presente, las manos de Ricardo acariciaron la piel de Mónica con suavidad extrema, con toda la ternura del mundo, al tiempo que los rítmicos ronquidos de su entrañable amor confirmaban la certeza del pensamiento. 

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