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El licenciado Miguel Rayé estaba sentado en el escritorio de su consultorio, con la vista perdida y la mente complicada con las secuelas de aun reciente divorcio cuando su secretaria golpea a la puerta y le anuncia que Raquel, la paciente de las dieciocho horas había llegado. Casi sorprendido por la irrupción de su ayudante dijo:
-Hágala pasar Susana y alcánceme la ficha de Raquel.


La imponente figura de Raquel conmovió a Miguel. Su mínima pollera y su generoso escote apenas resguardaban el cuerpo de Raquel.
- Siéntese Raquel, dijo Miguel con el estupor marcado en la cara mientras pensaba- Esta mujer no existe, es la hermosa imagen de un buen sueño.
- Hola, ¿Usted es el licenciado Miguel Rayé?, dijo Raquel mientras al quitarse los anteojos negros dos brillantes ojos de gata, verde pálido contrastaban con el rojo intenso  de sus labios y el largo cabello del color de la noche.
-Sí....si., yo soy el licenciado Rayé, - ¿En qué puedo servirla?
-Mirá Miguel, el problema es que estoy solita y no puedo dormir, toda la noche dando vueltas.
- Bueno, no creo que esa soledad dure mucho tiempo. Apuntó Miguel con una sonrisa.
- Yo creo que si va a durar. Hace tres días que se fue Daniel y nadie se acercó ni a preguntarme la hora.
- Bueno, supongo que Daniel sería su pareja y tres días de aislamiento, de estar a solas con uno mismo, siempre viene bien.
- No Miguel, yo siempre estoy acompañada. Daniel era mi pareja cuarenta y tres desde que comencé a compartir la vida con mis novios.
- ¡Cuarenta y tres! exclamo Miguel asombrado, - ¿Y qué edad tiene Raquel?
- Veintitrés. Miguel. Soy una anciana de veintitrés años. ¡Qué rápido pasa la vida!, cuando quiera acordarme estaré en un geriátrico.
-  Raquel, apenas es una niña inconstante, dijo Miguel
- Que dulce Miguel, me dijiste niña, añadió susurrando mimosamente Raquel
- Es una expresión que no tuvo otra intención que remarcar que sos muy joven y también que demasiados hombres por tu corta vida.
- Sos un dulce Miguel, un amor total. Sostuvo Raquel
 Miguel quería salir de esa incómoda situación de seducción en que lo colocaba Raquel pero no sabía como
- ¿Y por qué tantos hombres?, pregunto Miguel
- ¡Porque me gustan!, ¡Adoro a los hombres lánguidos, de ojos claros, pelo como el trigo! ¡Así como vos!
Aquí Miguel estuvo a punto de volcar. Insistió que era un sueño. Ese minón celestial no podía estar ahí  tratando de levantárselo.
- ¿Y cuál sería, para usted, la solución al problema, que le parece?
- Que un hombre lánguido de pelo de trigo,  ojos claros, amable como vos, me invite a tomar una copa y vivamos juntos en mi departamento hasta el fin.
- ¿Hasta el fin de la vida? interrogó  Miguel.
- ¡No dulce!, hasta el fin de mi paciencia. Hasta que mi corazón - tan voluble - diga basta dijo Raquel mientras se inclinaba a dejar la ceniza del cigarrillo haciendo ostentación delante de la cara de Miguel de ese par de temibles atributos en los que se habían posado los ojos de Miquel desde el primer momento.
- ¡Ah! Dijo Miguel en estado de trance, sin poder pronunciar una sola palabra más.
Raquel se levantó haciendo un espectacular descruce de piernas que llevó a Miguel al borde del infarto y se sienta su lado
- ¿Qué le pasa a mi dulce bichito de luz? ¿Los ratones le comieron la lengua? preguntó felina Raquel, a la vez que le acariciaba la nuca a Miguel y apoyaba el escote con su relevante contenido en la humanidad del terapeuta.
Miguel se fue corriendo mientras Raquel fue aumentando su ataque.
- Mire Raquel, yo soy su psicólogo y esto está muy mal. Usted no puede acariciarme y acercar su cuerpo al mío. Argumentó Miguel sin mucha convicción.
- ¿Y tampoco puedo besarte? inquirió Raquel en el mismo momento que sus labios rompían la boca de Miguel.
- Bueno, dijo Miguel, a veces suceden hechos y circunstancias imprevistas que rompen el esquema de la terapia. Esta es una de esas circunstancias imprevisible,  y bueno veremos si podemos solucionar tu problema.
- ¡Si mi dulce! ¡Solucioname el problema!
- ¿La copa previa es necesaria en todos los casos? preguntó Miguel
- No mi amor. Podemos ir directamente al departamento.
-Aha, dijo Miguel.
Con un murmullo cómplice le pidió a Raquel que se arreglara, se dirigió a la puerta del consultorio y llamó a su secretaria y le anunció:
-Susana cancele todas las entrevistas de hoy. Es una emergencia. Tengo que hacerme cargo de la patología de Raquel en forma inmediata.
 -¡Este trabajo es un apostolado Susana! ¡Un impiadoso apostolado!, afirmó Miguel en voz alta mientras era arrastrado por Raquel hacia la puerta del ascensor.

 

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