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Finalmente Miguel consiguió comprar la casita junto al mar. Modesta, bastante amplia para sus necesidades, importante espacio verde que la rodeaba pleno de pinos, canteros con rosas y jazmines, techo de tejas rojas, paredes blancas.
A ciento cincuenta metros el mar. Todo el mar y la playa sin fin.
A la semana de adquirirla se jubiló. La rutina de caminar tribunales, la tensión del trabajo duro y prolongado comenzaron a ser pasado.


Tardó un par de días en acostumbrarse al nuevo lugar. Amplio ventanal que hacía realidad su sueño de cielo y mar azul confundidos amorosamente. La vista alegraba sus ojos y entibiaba el corazón. A la semana acompañado por el mate de rigor, el cielo y el mar azul lo sorprendió una sonrisa. Una sonrisa natural, auténtica, luego de tanto gris.

Agradable. Sus labios volvieron a la sonrisa varias veces en ese día y su tez adusta y triste desapareció como por arte de magia.
Vecinos amables lo saludaban cuando con una bolsa multicolores en  la mano derecha marchaba hacia la orilla a recoger caracoles. Al llegar dejaba que sus pies disfrutaran largamente de la fresca espuma y luego comenzaba a caminar sin destino con la vista puesta en la caprichosa arena.
La cosecha siempre era fructífera. Día tras día, multitud de caracoles varaban en la playa esperando la llegada de Miguel.
Ya en la casa pasaban a ornamentar el jardín, la mesa, el mueble de la biblioteca, la cómoda y todo lo que podía receptarlos. El perfume a mar inundaba la casa
Cuando el tiempo lo permitía, antes de volver, un chapuzón, algunas brazadas y secarse caminando despreocupadamente dejando tras de si un largo camino de pasos. En su cara la sonrisa se había instalado definitivamente.
Al mediodía almorzaba algo ligero a la sombra del bosque cercano. Una mesa de madera le servía para apoyar el par de sándwiches y la gaseosa. El aire fresco y puro había renovado sus pulmones.
Terminado el frugal almuerzo un largo paseo por la generosa arboleda hasta encarar un coqueto camino bordeado de flores que lo llevaba hasta la puerta de su hogar.
Una siesta reparadora y una sonrisa al despertar del descanso. Abría los ojos y en la mente la idea de ser un tipo afortunado, los ahorros de toda la vida habían sido bien invertidos.
Por la tarde se encargaba de recoger las piñas esparcidas por el césped, una ligera limpieza y a las diecinueve en punto sus pasos se dirigían indefectiblemente al Puerto.
El banco de siempre. Al frente el sol que lentamente se escondía en el horizonte. A descansar luego de haber cumplido su diaria misión. Todo el fuego en el cielo. Rojo atardecer y la sonrisa natural delataba su gran placer.
Las sombras llegaban y sus pasos se dirigían hacia el restaurant de Marcos, uno de sus nuevos amigos.
El saludo amable, la charla distendida con Marcos y a cenar. Un lenguado o un plato de ostras con un par de vasos de buen vino blanco seco. La necesidad de saborear algo dulce que requería su paladar era satisfecha con un delicioso helado de frutilla y chocolate - especialidad de la casa - que reemplazó al cansador queso y dulce que lo había acompañado en su vida anterior.
Al salir del restaurant la fresca brisa y el perfume del mar. Mirando al cielo blanco de estrellas llegaba a su hogar.
La mullida cama lo aguardaba bien dispuesta. Prendía la estufa, las sabanas hacían de seguro refugio y la almohada de depositaria de su sonriente descanso.
 En un instante Juan se despertó.  No había parte del cuerpo que no le doliera, molestia en el gesto, cuello endurecido por la tensión.
Se levantó pesadamente se dirigió al baño, el agua pasó ligeramente por sus ojos, se miro al espejo mientras pensaba ¡Ya llegaré al mar como el Miguel de mis recurrentes sueños! ¡Ya retornará la sonrisa!, la vida valdrá la pena.

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